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Bogotá
--- El 3 de mayo de 2001 el Comité para la Protección de
los Periodistas (CPJ) incluyó el nombre del líder paramilitar
colombiano Carlos Castaño en su lista anual de los diez peores
enemigos de la prensa. Seis semanas después, un reportero del diario
parisino Le Monde logró dar con Castaño en una localidad
del norte de Colombia y le preguntó cómo se sentía
acerca de la distinción.
«Quisiera
asegurarle que siempre he respetado la libertad y la subjetividad de la
prensa», declaró el líder de las Autodefensas Unidas de
Colombia (AUC), la principal organización paramilitar derechista
de Colombia. «Pero nunca he aceptado que el periodismo se convierta en
un arma al servicio de alguno de los protagonistas del conflicto. A lo
largo de su existencia, las AUC han ejecutado a dos periodistas locales
que en realidad eran guerrilleros». Castaño ya no recordaba sus
nombres.
De hecho, desde 1999 a las fuerzas comandadas por Castaño se las
ha vinculado con los asesinatos de por lo menos cuatro periodistas, el
rapto y la violación de una reportera, y amenazas a muchos otros,
según las investigaciones del CPJ. «Incluso con el trasfondo de
la escalada en la guerra civil colombiana, en la cual todas las partes
han escogido como blanco a los periodistas, Carlos Castaño se distingue
como un cruel enemigo de la prensa», apuntó el CPJ en una cita.
Este asesino de periodistas confeso ahora se está acercando a la
prensa local en un intento por rehabilitar su imagen en Colombia. Con
ese fin, Castaño ha lanzado una campaña de relaciones públicas
singularmente colombiana, al parecer basada en tácticas utilizadas
por el legendario capo de la droga Pablo Escobar. Al igual que Escobar,
la estrategia de Castaño combina una ofensiva para cautivar al
público con la franca admisión del uso del terror por parte
de las AUC.
Mientras que Escobar atacaba a los periodistas que favorecían su
extradición a Estados Unidos para que enfrentara acusaciones de
narcotráfico, Castaño ataca a cualquier periodista de quien
sospeche que coopera o hasta simpatiza con los rebeldes izquierdistas
colombianos. Este año Castaño reconoció haber asesinado
a periodistas y haber tratado de poner una bomba en un periódico
por supuestamente simpatizar con los comunistas. Además, ha estado
implicado en muchos otros ataques a la prensa en años recientes.
En noviembre del 2000, Castaño le otorgó una entrevista
exclusiva a Semana, un semanario de Bogotá. Cuando el reportero
le preguntó a Castaño si pensaba que merecía ser
comparado con el difunto Escobar, Castaño respondió que
de ningún modo podían compararlo con un monstruo así
y que mientras Escobar había buscado destruir el país, el
pretendía salvarlo.
Guerra
antigua
Once años después de la caída del Muro de Berlín,
la Guerra Fría sigue candente en Colombia. Las fuerzas armadas
colombianas, apoyadas por Estados Unidos, han estado luchando contra varias
organizaciones guerrilleras marxistas desde hace casi cuarenta años.
El ejército con frecuencia colabora con grupos paramilitares privados,
entre ellos las AUC, a las que el gobierno ha declarado ilegales. El año
pasado Human Rights Watch informó que la mitad de las 18 brigadas
del ejército compartían información de inteligencia
y otros recursos con grupos paramilitares derechistas, la mayoría
de ellos bajo el mando de Castaño.
Desde los años 80, tanto los paramilitares de derecha como las
guerrillas de izquierda han venido financiando cada vez más sus
actividades con las ganancias provenientes del floreciente tráfico
de drogas ilícitas en Colombia.
Carlos Castaño es el máximo líder paramilitar de
Colombia así como el principal prófugo del país.
En la actualidad se le busca por cometer los delitos de asesinato múltiple,
secuestro y tráfico de armas, los que se remontan a 1988. También
es «un importante traficante de drogas», según la dirección
antidrogas de los Estados Unidos (DEA). El pasado mes de abril, la embajadora
estadounidense ante Colombia, Anne W. Patterson, declaró al periódico
bogotano El Espectador que si Castaño estaba vinculado con
el narcotráfico —y, dijo ella, Washington creía que sí
lo estaba—, el gobierno estadounidense podría algún día
tratar de enjuiciarlo en los Estados Unidos.
Recuerdos de la infancia
En 1981, cuando Carlos Castaño tenía 15 años, su
padre fue secuestrado y asesinado por guerrillas izquierdistas. A los
23, se dice que participó en una serie de masacres de trabajadores
bananeros en el noroeste de Colombia. Conocido también como «Monoleche»
por su tez rubia, se presume que Carlos ha matado al lado de su hermano
Fidel, y ambos hermanos formaron parte de la primera organización
paramilitar colombiana, Muerte a los Secuestradores (MAS).
De
acuerdo con documentos de la DEA, el MAS fue fundado en 1981 por el Cartel
de Medellín, dirigido por Escobar. Pero los hermanos Castaño
luego tuvieron una disputa con Escobar, y Fidel Castaño se convirtió
en jefe de operaciones de un grupo de ataque paramilitar llamado «Los
Pepes» (Perseguidos por Pablo Escobar). Luego de la misteriosa desaparición
de Fidel en 1994 en el norte de Colombia, Carlos se convirtió en
el principal militante anticomunista del país.
Tres años después, Carlos Castaño unificó
varios grupos derechistas regionales y formó una organización
paramilitar nacional a la cual llamó Autodefensas Unidas de Colombia.
En 1997, según admite Castaño, él ordenó la
masacre de 49 campesinos en la población rural de Mapiripán,
en el oriente de Colombia. Desde entonces, Castaño y sus aliados
han cometido alrededor del 80 por ciento de las violaciones de los derechos
humanos en Colombia, según Human Rights Watch. El ministerio de
Defensa de Colombia ha informado que los paramilitares derechistas perpetraron
tres cuartas partes de las masacres del país el año pasado.
El 1 de marzo de 2000, cuando mostró su rostro a los colombianos
y a otros por primera vez, Castaño ratificó ante las cámaras
que los guerrilleros, ya fuera uniformados o vestidos de civiles, seguían
siendo un blanco militar legítimo, y admitió que sabía
que esto violaba el derecho humanitario internacional.
El
30 de mayo de este año, Castaño emitió un críptico
comunicado por Internet en el que anunciaba su renuncia a la comandancia
militar de las clandestinas AUC. Días después, dio a conocer
que estaba formando una organización política no violenta,
vinculada a las AUC, que buscaría el reconocimiento legal en Colombia
(que no le fue otorgado). Y continuó concediendo entrevistas.
Las AUC y la prensa
Los periodistas han figurado de manera destacada entre las víctimas
de Castaño. En enero de 1999, por ejemplo, Castaño amenazó
repetidas veces al columnista Alfredo Molano Bravo, del periódico
bogotano El Espectador, luego que Molano escribió un artículo
acerca de los grupos paramilitares anticomunistas y sus lazos con el narcotráfico
colombiano.
En junio de 1999, miembros de las AUC amenazaron a Carlos Pulgarín,
reportero del mayor diario bogotano, El Tiempo, luego que Pulgarín
publicó un artículo acerca de los asesinatos de activistas
indígenas a manos de los paramilitares. Pulgarín huyó
a Perú, donde al parecer sus movimientos fueron vigilados; posteriormente
recibió amenazas telefónicas en Lima.
El 16 de septiembre de 1999, dos asesinos en una motocicleta le dispararon
mortalmente a Guzmán Quintero Torres, director del diario norteño
El Pilón. Quintero investigaba varios asesinatos vinculados
a las AUC, entre ellos el asesinato en 1998 de la periodista de televisión
Amparo Leonor Jiménez Pallares, quien fue asesinada luego de informar
que fuerzas paramilitares locales habían dado muerte a campesinos.
El 9 de septiembre de 2000, paramilitares de las AUC secuestraron y asesinaron
a un líder comunitario rural llamado Carlos José Restrepo
Rocha, quien dirigía dos pequeñas publicaciones regionales.
Volantes de las AUC aparecieron junto al cuerpo acribillado a balazos
de Restrepo Rocha, pero los móviles de este asesinato en particular
aún no se han esclarecido. Posteriormente, ese mismo año,
miembros de las AUC amenazaron a Eduardo Luque Díaz, del diario
La Nación, en su oficina y en su hogar, y le exigieron que
revelara el paradero de una familia que había mencionado en un
artículo.
El
27 de abril de este año, Flavio Bedoya, corresponsal del semanario
del Partido Comunista La Voz en el suroeste de Colombia, fue asesinado.
Sus colegas creen que el asesinato está relacionado con una serie
de reportajes sumamente críticos que Bedoya había publicado
en La Voz desde principios de abril, acerca de actos de colusión
entre las fuerzas de seguridad y bandas paramilitares clandestinas de
derecha en el sureño departamento de Nariño.
Un mes después de la muerte de Bedoya, las AUC intentaron, sin
éxito, colocar una bomba en la sede de La Voz en Bogotá.
Castaño se responsabilizó por el incidente pocos días
después.
El 30 de octubre de 2000, el director de una radioemisora comunitaria,
Juan Camilo Restrepo Guerra, fue convocado a una reunión por paramilitares
derechistas que al parecer estaban furiosos por sus agudas críticas
a la administración local. El hermano de Restrepo Guerra lo condujo
en moto al lugar del encuentro. Los paramilitares le dispararon mortalmente
a Restrepo Guerra frente a su hermano, quien desde entonces se niega a
testificar y permanece escondido.
Los periodistas que deciden quedarse en Colombia a pesar de la intimidación
de Castaño, admiten en privado que se autocensuran para protegerse
a sí mismos y a sus familias. Uno de los periodistas amenazados
que optó por quedarse, reconoció sin ambages que él
se autocensuraba y manifestó que había que dar a conocer
las noticias, pero que había algunas cosas que no se podían
decir.
«La zanahoria y el garrote»
Aunque periodistas de todas partes de Colombia han sido objeto de amenazas
y ataques por atreverse a criticar a las AUC, Castaño también
ha utilizado a la prensa para lanzar una ofensiva de relaciones públicas.
El otrora inaccesible líder ha ganado visibilidad pública
en los medios nacionales e internacionales con una facilidad desconcertante,
según un informe de marzo del 2001 preparado por la oficina de
derechos humanos de las Naciones Unidas en Colombia.
«Carlos Castaño, el prófugo líder paramilitar colombiano,
desató el revuelo nacional cuando salió de las sombras y
accedió a una entrevista personal de noventa minutos, televisada
el 1 de marzo [2000]», escribió el entonces embajador estadounidense
Curtis W. Kamman en un cable de la embajada estadounidense que fue hecho
público recientemente. «Castaño, de 35 años, se presentó
como alguien inteligente, articulado, ecuánime y sobre todo, muy
carismático».
Aproximadamente uno de cada cinco adultos colombianos vieron por lo menos
la mitad del programa, más o menos el mismo porcentaje que apoya
a Castaño, según las encuestas de opinión. Desde
esa primera aparición televisiva, Castaño se ha puesto libremente
a la disposición de reporteros tanto nacionales como extranjeros.
El asesinato de Garzón
Si
bien se ha vinculado a Castaño con numerosos ataques a la prensa,
en estos momentos sólo enfrenta una acusación penal por
atacar a un periodista. La acusación, por cometer homicidio agravado,
está relacionada con el asesinato en 1999 del presentador de televisión
colombiano Jaime Garzón. De acuerdo con la hoja oficial de cargos,
Castaño ordenó el asesinato de Garzón por el papel
que desempeñó el periodista en las negociaciones para liberar
a rehenes capturados por las guerrillas izquierdistas.
Garzón, de 39 años, era el presentador de un noticiero matutino
de la red Caracol y columnista regular del semanario Cambio. Pero
Garzón era mejor conocido por su labor como comediante de televisión,
en donde empleaba el humor para criticar a todas las facciones del conflicto
civil. Se especializó en imitaciones asombrosamente precisas de
funcionarios colombianos y otros notables, y era tan popular en toda Colombia
que en 1997 el entonces candidato presidencial Andrés Pastrana
Arango apareció en vivo con otros candidatos en su programa televisivo.
Con frecuencia, Garzón utilizaba su talla de radiodifusor respetado
para interceder a favor de la liberación de las víctimas
de los secuestros guerrilleros. También formó parte de una
comisión independiente que mediaba entre el gobierno y la guerrilla
izquierdista del Ejército de Liberación Nacional.
Dos puntos sobresalen del caso Garzón: primero, algunos de los
criminales más peligrosos de Colombia trabajan para Carlos Castaño;
y, segundo, ni siquiera los periodistas famosos y con buenos contactos
están a salvo de él.
El 10 de agosto de 1999, Garzón se enteró de que Castaño
planeaba asesinarlo. La noticia le fue dada a conocer por la senadora
colombiana Piedad Córdoba, quien entonces encabezaba la Comisión
de Derechos Humanos del Senado. A finales de 1998, los hombres de Castaño
habían raptado a Córdoba y luego la habían mantenido
secuestrada por nueve meses. Durante ese tiempo, Castaño le hizo
saber a Córdoba que Garzón se encontraba en su lista de
objetivos, y le leyó pedazos de lo que afirmó eran transcripciones
de conversaciones telefónicas privadas de Garzón. Según
Castaño, las transcripciones demostraban que Garzón en realidad
era un agente de la guerrilla.
Después de que Córdoba fue dejada en libertad en junio de
1999, ella le contó a Garzón que Castaño planeaba
eliminarlo. Durante la segunda semana de agosto, Garzón se enteró
de que Castaño lo había mandado a matar antes de que terminara
la semana. El 10 de agosto, desesperado por ponerse en contacto con Castaño,
Garzón visitó la cárcel La Modelo, un centro penitenciario
de máxima seguridad en Bogotá, donde varias altas figuras
de las AUC están encarceladas.
Según la hoja de cargos, Garzón se reunió con Ángel
Custodio Gaitán Mahecha, también conocido como «El Panadero»,
y con Jhon Jairo Velásquez Vásquez, también conocido
como «Popeye». Velásquez había sido fiel seguidor de Escobar
a principios de los 90, pero luego otorgó su lealtad a las AUC.
Ambos eran miembros del hampa colombiana y disponían de una amplia
red de contactos.
Gaitán utilizó su teléfono celular para llamar a
Castaño y le pasó el teléfono a Garzón, quien
le pidió a Castaño que le perdonara la vida. Castaño
llamó a Garzón hijo de puta colaborador de la guerrilla
y añadió que era un cobarde que no tenía el valor
de encontrarse con él cara a cara. Antes de colgar el teléfono,
los dos hombres quedaron en encontrarse el siguiente sábado 14
de agosto.
El 13 de agosto, un sicario que se desplazaba en una motocicleta le disparó
de muerte a Garzón en un semáforo ubicado a cuatro cuadras
de su oficina. Pocas horas después, el mismo Castaño llamó
al programa de radio de Garzón y negó en el aire su responsabilidad
en el hecho. Velásquez y Gaitán también alegaron
que no habían tenido nada que ver con la muerte de Garzón.
El pistolero que le disparó a Garzón supuestamente pertenecía
a una banda de sicarios conocida como La Terraza. En el pasado, La Terraza
había perpetrado ataques para el difunto Pablo Escobar. Sin embargo,
Castaño admitió que había contratado a La Terraza
para llevar a cabo una serie de crímenes en los últimos
años, inclusive secuestros. La hoja oficial de cargos del gobierno
lo acusa de haber contratado a La Terraza para asesinar a Garzón.
El 3 de agosto del 2000, tres meses después de haber sido acusado
formalmente de cometer el asesinato de Garzón, Castaño invitó
a siete jefes de La Terraza a una reunion en el norte de Colombia. Las
autoridades luego descubrieron los siete cadáveres de ellos cerca
de una carretera local. Mientras tanto, Castaño emitió un
comunicado en el que decía que las AUC los habían ejecutado
por haber manchado la reputación de líderes como él.
Tres meses después, varios jóvenes que afirmaban ser miembros
de La Terraza aparecieron en Medellín. Con máscaras puestas,
grabaron una entrevista televisiva en la cual dijeron haber cometido numerosos
secuestros y asesinatos en nombre de las AUC, incluido el asesinato de
Garzón. En la entrevista, además, declararon que Castaño
planeaba asesinarlos a ellos y a sus familias con la ayuda de fuerzas
de la policía y el ejército locales. Castaño no negó
la acusación. En marzo del 2001, él declaró a El
Tiempo que sólo uno o dos miembros de la banda seguían
con vida.
Guerra contra El Espectador
El 24 de mayo de 2000, un presunto militante de las AUC trató de
secuestrar a Ignacio Gómez, un reportero investigativo del periódico
El Espectador, en el centro de Bogotá. El hombre, quien
no pudo engañar a Gómez para que abordara un «taxi» ese
día, coincidía con el retrato hablado de un miembro de las
AUC sospechoso de participar en la masacre de 49 campesinos en Mapiripán
en 1997.
Gómez había acabado de publicar un artículo que documentaba
la colaboración del ejército colombiano con las AUC en la
masacre de Mapiripán. Ese mismo día, Gómez encontró
un sobre con su nombre escrito con una plantilla en su buzón del
trabajo. El sobre contenía una fotocopia de un artículo
reciente que Jineth Bedoya, una de sus colegas en El Espectador, había
escrito.
Bedoya había informado que los guardias de la cárcel La
Modelo les permitían a los reclusos de las AUC tener pistolas en
sus celdas incluso luego de enfrentamientos entre ellos y otros reclusos,
cuyo saldo fue el de 25 reclusos muertos, 18 heridos y un número
indeterminado de desaparecidos, según un informe que las Naciones
Unidas elaboró sobre el incidente.
Bedoya y su jefe de redacción, Jorge Cardona, recibieron sobres
idénticos. Una hora y media después, el teléfono
de Bedoya sonó. Gaitán, quien llamaba desde su celda en
La Modelo, le ofreció a Bedoya la oportunidad de entrevistarlo
en la prisión a las 10:00 a.m. del día siguiente. También
le prometió a la joven reportera de 25 años de edad que
se trataba de una exclusiva y le pidió que fuera sola.
Cardona insistió en acompañar a Bedoya y en llevar a un
fotógrafo. Los tres periodistas de El Espectador llegaron
a La Modelo poco después de las 10:00 a.m. del 25 de mayo, y los
guardias de la prisión les pidieron que esperaran.
El área de espera de los visitantes queda justo después
de la entrada de La Modelo, aunque muchos visitantes prefieren esperar
en la calle justo en la parte de afuera de la entrada. Cardona y el fotógrafo
caminaron hasta un quiosco cercano para comprar unos refrescos, y dejaron
a Bedoya parada frente a la entrada de la prisión. Ella se quedó
a una distancia en la que pudiera ver o escuchar en caso de que los guardias
les dieran permiso para entrar a la cárcel.
Bedoya desapareció durante los pocos minutos que les llevó
a sus colegas comprar los refrescos y regresar a la entrada de la prisión.
Los guardias de la prisión alegaron que no habían visto
nada.
A las 8 p.m., la policía informó que Bedoya había
sido ingresada en una clínica de la policía en la ciudad
de Villavicencio, a una distancia de tres horas en auto de La Modelo.
Un taxista la había encontrado tirada y con las manos atadas en
un basurero de las afueras del pueblo. La habían drogado, golpeado
brutalmente y atacado sexualmente. Bedoya fue hallada en un estado de
shock nervioso, pero con el tiempo se recuperó del ataque y se
reincorporó a El Espectador.
Durante el ataque, los hombres le contaron con lujo de detalles acerca
de todos los demás periodistas a quienes pensaban matar, entre
ellos su colega Gómez. No le explicaron por qué escogieron
liberarla. Una semana después, Gómez huyó a los Estados
Unidos.
No se han formulado cargos contra ningún sospechoso del ataque
a Bedoya. Tanto Gaitán como Velásquez negaron haber estado
implicados en el secuestro, al igual que las autoridades de La Modelo.
En una entrevista de junio del 2000 con El Tiempo, Castaño
también negó ser responsable de lo sucedido a Bedoya, y
aunque reconoció que Gaitán era su subordinado afirmó
que éste le había asegurado que no tenía participación
alguna en los hechos.
En la noche del 7 de septiembre de 2001, Gaitán fue asesinado en
una prisión llamada La Picota, al parecer por guerrilleros izquierdistas
reclusos como represalia por la masacre del año anterior en La
Modelo.
La búsqueda de Castaño
Desde la muerte de Pablo Escobar, ningún otro colombiano ha aterrorizado
a tantos miembros de la prensa colombiana, y eso sin decir lo que ha hecho
a la sociedad colombiana en general. La insólita ofensiva de Carlos
Castaño contra los periodistas locales tiene lugar mientras el
gobierno colombiano recibe una cantidad récord de asistencia estadounidense.
El 10 de septiembre, cuando el secretario de Estado Colin Powell estaba
a punto de iniciar su visita a Colombia, el departamento de Estado designó
oficialmente a las AUC como una organización terrorista.
No obstante, las fuerzas armadas colombianas, apoyadas por Estados Unidos,
hasta ahora se han visto impotentes para detener a Castaño y, como
consecuencia, él ha disfrutado de total impunidad por sus crímenes.
La Fiscalía General ha sido la única entidad del orden público
que siquiera ha tratado de perseguir a Castaño. A principios de
este año, sus agentes civiles lanzaron una serie de ofensivas contra
las AUC, pero se quejaban de trabajar sin el apoyo de los militares o
las demás entidades gubernamentales. El jefe de investigaciones
de la Fiscalía, Pablo Elías González, declaró
a El Tiempo en junio del 2000 que en esta lucha la Fiscalía
había estado.
En aquel entonces, las AUC habían acabado de secuestrar a siete
integrantes del equipo de González mientras ellos exhumaban el
cadáver de una presunta víctima de las AUC en el departamento
del Cesar. Los siete investigadores continúan desaparecidos y se
presume que fueron asesinados a manos de los hombres de Castaño.
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