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ELLA SE PARÓ DESAFIANTE EN EL ESTRECHO LOCAL DEL TRIBUNAL EN LO
PENAL DE BEYOGLU, EN ESTAMBUL, en el mediodía de un caluroso día
de mediados del verano. Nadire Mater, de delgada complexión y oscura
cabellera, tenía un mensaje para el tribunal y para las dos docenas
de reporteros y fotógrafos turcos que se habían reunido
para escucharla.
«La verdad está a simple vista. Suprimir la verdad no la erradica»,
señaló ella. «Aún no puedo entender ni aceptar esta
censura.» Nadire, una reportera independiente que trabaja para la agencia
noticiosa Inter Press Service, hacía frente a una sanción
de dos a 12 años de privación de libertad el año
pasado por escribir un libro acerca de la vida de los soldados turcos
que combatían a los rebeldes kurdos, un libro que enfureció
al influyente Estado Mayor del ejército turco.
Mientras rodeábamos a Nadire en la escalinata del tribunal, era
una oportunidad única para el coordinador del programa del CPJ
para el Medio Oriente, Joel Campagna, y para mí mismo, de apoyar
a una valiente periodista que se había alzado contra una autoridad
opresora. Durante sus 20 años de historia, el CPJ se ha convertido
en un importante defensor de la libertad de prensa, y ha incomodado a
regímenes autoritarios de todo el mundo con detallados informes
de sus abusos y los ha desafiado a mostrar mayor respeto hacia los medios.
La oportunidad de ayudar a un colega en apuros es la tarea del CPJ que
yo, como miembro de su directorio, más valoro. Varios años
atrás, me uní a una delegación que galardonó
a un periodista turco encarcelado con el Premio Internacional de la Libertad
de Prensa del CPJ en su propia celda, lo cual condujo en poco tiempo a
su liberación. Sentir este logro hizo que nuestra difícil
tarea de defender la libertad de prensa en todas partes del mundo pareciera
menos imponente.
Cualquier duda que yo pueda tener acerca del valor de continuar luchando
por la libertad de prensa en regiones del mundo asoladas por la guerra
se disipa cuando llego a un país en apuros y me compadezco de periodistas
desesperados por obtener reconocimiento y ayuda. En una misión
a Sri Lanka el verano pasado, la coordinadora del programa de Asia del
CPJ, Kavita Menon; el asesor del programa de Asia, Lin Neumann y yo nos
reunimos con varios periodistas locales bajo el fuego de duras reglas
de censura y la expansión de la guerra civil contra los Tigres
de Liberación de la Patria Tamil. Ellos nos contaron muchas historias
acerca de las dificultades y los peligros de trabajar en su profesión
y, sin embargo, todos estaban decididos a perseverar a pesar de las presiones.
En lo que dio una medida de la creciente influencia del CPJ en el exterior,
nos recibieron dos miembros del gabinete de Sri Lanka, el ministro de
Relaciones Exteriores Lakshman Kadirgamar y el ministro de Medios de Comunicación
Mangala Samaraweera. Solicitamos que pusieran fin a las severas reglas
de censura recientemente impuestas a periodistas locales y extranjeros.
Los ministros nos escucharon, prometieron relajar las restricciones relativas
a la censura y después cumplieron algunas de sus promesas. No fue
suficiente, pero significó una ayuda para los asediados periodistas
locales, además de que hizo patente que sus colegas del otro lado
del mundo no se habían olvidado de ellos.
El año pasado fui testigo de la eficacia del enérgico plan
de acción en curso del CPJ bajo el liderazgo del presidente del
directorio Gene Roberts y la directora ejecutiva Ann Cooper. Está
dando resultados aun en países que por mucho tiempo han permanecido
inmunes a las presiones internacionales. Por ejemplo, los diplomáticos
de Angola se quejaron ruidosamente cuando el CPJ puso al presidente José
Eduardo dos Santos en su lista anual de
los Diez Peores Enemigos de la Prensa en el 2000, pero luego permitieron
que una delegación visitara la capital, Luanda, para investigar
la situación.
Yo integré esa delegación, que fue encabezada por Ann Cooper.
Nos reunimos con numerosos reporteros locales que trabajan en un clima
en el cual la libertad de prensa casi no existe y donde la ofensiva contra
los periodistas independientes va de la mano de campañas de desinformación
auspiciadas por el gobierno.
Un caso que tratamos de resolver en Angola fue la condena del periodista
Rafael Marques, quien fue acusado de haber difamado al presidente Dos
Santos en un número de julio de 1999 del semanario privado Agora.
Tratando de ayudar a que Marques recobrara su libertad de trabajo y movimiento,
nos reunimos con varios funcionarios angolanos, entre ellos el viceministro
Manuel Augusto, quien nos aseguró que su gobierno tomaría
medidas para revocar las políticas que restringen y castigan a
los periodistas por desempeñar su trabajo. Angola aún no
ha cumplido estas promesas. Pero desde nuestra visita en octubre, otros
grupos pro derechos humanos han podido visitar el país y el diálogo
que comenzamos continúa. Mientras tanto, el presidente Dos Santos
permanece en nuestra lista de los peores enemigos de la prensa en el mundo.
Un feliz epílogo: el caso de Nadire Mater se resolvió a
su favor. En septiembre, el tribunal la absolvió de todos los cargos
a pesar de la oposición de las fuerzas armadas turcas. Yo estaba
en la misión del CPJ a Angola ese día, pero la miembro del
directorio y antigua presidente de CPJ, Kati Marton, estuvo junto a Nadire
en la escalinata del tribunal de Beyoglu cuando ella recibió llena
de orgullo las felicitaciones de sus amigos y colegas.
Peter Arnett
es miembro del directorio del CPJ y se ha desempeñado como
corresponsal extranjero por 40 años, en los que ha informado sobre
guerras y revoluciones en varios continentes, primero para The Associated
Press y luego para CNN. Arnett recibió el Premio Pulitzer por su
cobertura informativa de la Guerra de Vietnam y un Emmy por sus reportajes
del bombardeo a Bagdad para CNN. Actualmente vive en Virginia y se encuentra
escribiendo un libro acerca de CNN.
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