|
PANAMÁ
Durante el 2001, funcionarios del gobierno propusieron un proyecto de
ley para fortalecer las represivas leyes de prensas, castigaron a los
periodistas locales y a los medios de comunicación, y los procesaron
penalmente por difamación.
Las llamadas leyes mordaza abarcan varios artículos, leyes y decretos
muchos de ellos promulgados bajo gobiernos militares que tipifican
como delito la crítica a los funcionarios públicos y permiten
la censura previa. En diciembre de 1999, luego de una promesa de derogar
esas normas una vez que tomara posesión en septiembre de 1999,
la presidenta Mireya Moscoso firmó un proyecto de ley que derogaba
algunas de las disposiciones más onerosas. Por ley, el gobierno
tenía que entregar un proyecto de ley antes de junio de 2000 que
se esperaba que pusiera a las leyes de prensa panameñas a la altura
de las normas internacionales.
Pero el proyecto de ley nunca fue entregado ni en el 2000 ni en el 2001.
De hecho, el gobierno consideró presentar un proyecto de ley que
haría las leyes de prensa aun más restrictivas, aunque ninguna
nueva restricción había sido propuesta formalmente a fines
de año.
Como acontecimiento positivo, el gobierno aprobó una nueva ley
de acceso a la información basada en una propuesta de Transparencia
Internacional, una organización no gubernamental internacional
que tiene como meta combatir la corrupción. El proyecto de ley
establece penas de hasta 2000 balboas (2000 dólares estadounidenses)
y hasta el despido de empleados del gobierno que no divulgaran la información
pública de manera oportuna.
El gobierno continúa usando demandas para atacar a los periodistas
al acusar a los medios de entablar una campaña contra los funcionarios
públicos. Hasta la presidenta Moscoso, junto con Winston Spadafora,
ex ministro de Gobierno y Justicia y quien actualmente es magistrado de
la Corte Suprema de Justicia, introdujo una demanda penal por difamación.
El 17 de septiembre, el semanario La Cáscara News publicó
un fotomontaje que mostraba a Moscoso y a Spadafora ligeros de ropas y
en una pose íntima. Varios empleados fueron detenidos brevemente
y el 19 de septiembre el Ministerio de Gobierno y Justicia prohibió
temporalmente el semanario por violar partes de las leyes de prensa que
habían sido derogadas en diciembre de 1999, incluido el requisito
de que las publicaciones brinden al ministerio datos tales como los nombres
de sus redactores y sus asesores legales.
Mientras tanto, el Procurador General José Antonio Sossa de nuevo
demostró ser un enemigo de la prensa. La edición del 3 de
junio del diario La Prensa citó declaraciones suyas en las
que decía: «Hay un aspecto criminal en el periodismo panameño
que solo puede ser extirpado con la aplicación de leyes penales».
El principal procurador continuó su crítica constante antes
y durante una visita en junio a Panamá por parte de miembros de
la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) y el entonces
relator especial para la libertad de expresión, Santiago A. Canton.
Los delegados de la CIDH utilizaron el viaje, durante el cual también
se reunieron con un indignado Sossa, para reiterar una petición
previa de eliminar las disposiciones de «desacato» en Panamá.
Los periodistas panameños han tomado las calles para protestar
por su situación. El 19 de marzo, luego de que dos de sus colegas
fueran condenados a 18 meses de prisión, los periodistas desfilaron
frente a la Corte Suprema. Sin embargo, en un país donde según
algunos estimados un tercio de los periodistas enfrentan casos penales
por difamación, la autocensura se ha hecho generalizada y hasta
las mismas protestas han decaído.
El 22 de marzo, el principal diario de Panamá, La Prensa,
fue sometido a lo que ha sido llamado un «golpe de directorio» por Ricardo
Alberto Arias, canciller de la administración del ex presidente
Ernesto Pérez Balladares. El diario, creado en 1980 para luchar
contra la dictadura militar, luego se convirtió en una espina en
el costado de Pérez Balladares por su implacable periodismo de
investigación contra los funcionarios del gobierno.
De acuerdo con contactos del CPJ, Arias persuadió a la mayoría
de los accionistas del periódico a que lo eligieran como nuevo
presidente. Anteriormente, Arias había convencido a la mayoría
de los miembros del directorio a que votaran contra la renovación
del contrato del periodista peruano Gustavo Gorriti, quien como director
adjunto de La Prensa llevó al periódico a destapar
escándalo tras escándalo acerca de la gestión de
Pérez Balladares a fines de los años 90. Un miembro clave
del equipo de investigación de La Prensa seguidamente renunció
y otros en el periódico fueron pasados a cargos inferiores, con
lo cual el otrora enérgico periódico se convirtió
en la sombra de lo una vez fue.
|