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BRASIL
El candidato del Partido de los Trabajadores (PT) y ex líder
sindical Luiz Inácio da Silva, conocido como Lula, ganó
las elecciones presidenciales en octubre, derrotando al candidato
de la coalición gobernante por un amplio margen y convirtiéndose
en el primer presidente brasileño que no procede de la élite
política y económica del país. En las elecciones
anteriores, los periódicos y cadenas de televisión
principales del país se habían opuesto a Lula y a
su partido. Sin embargo, en las semanas previas al traspaso de poder,
programado para enero del 2003, la prensa les dio a él y
al PT una cobertura más favorable, lo cual llevó a
algunos comentaristas a especular que las empresas de medios, acuciadas
por problemas, desean mejorar las relaciones con Lula para conseguir
su apoyo con vistas a un posible rescate financiero.
El asesinato en junio del reportero Tim Lopes conmovió a
la nación y mostró los peligros que enfrentan los
periodistas que cubren el crimen organizado en este país.
Lopes, periodista de investigación de la cadena TV Globo
y ganador de varios premios periodísticos, fue brutalmente
asesinado por narcotraficantes mientras trabajaba en un reportaje
en una de las favelas de Río de Janeiro.
El CPJ continúa dando seguimiento al caso de otro periodista
asesinado, Domingos Sávio Brandão Lima Júnior,
quien era propietario, director y columnista del diario Folha do
Estado. Sávio Brandão fue asesinado por sicarios en
el mes de septiembre.
Aunque los medios brasileños trabajan relativamente libres
de la intervención del gobierno, varias decisiones judiciales
han restringido la capacidad de la prensa para difundir noticias
consideradas de interés público. Los procesamientos
civiles y penales por difamación en contra de periodistas
y de las empresas de medios han aumentado en los últimos
años, según el grupo de propietarios de medios Associação
Nacional de Jornais (Asociación Nacional de Periódicos).
Con demasiada frecuencia, empresarios, políticos y funcionarios
públicos acumulan juicios en contra de periodistas para presionarlos,
poner a prueba sus recursos y forzarlos a detener sus críticas.
Con frecuencia, los demandantes buscan sumas de dinero absurdamente
elevadas como forma de reparar los «daños morales»
que han sufrido. Y los jueces, cada vez con mayor frecuencia, admiten
dichos juicios en los tribunales y dictan sentencias en contra de
periodistas y empresas de medios.
Por ejemplo, a fines de octubre, Luís Nassif, periodista
del diario Folha de S. Paulo, fue condenado por difamar a una empresa
constructora. El caso surgió de un artículo de septiembre
del 2000 en el cual Nassif informaba acerca de un dictamen de un
tribunal superior en contra de la empresa, que había demandado
a una companía de servicios públicos estatal por daños
y perjuicios. Pasando por alto la pregunta acerca de si el periodista
había tenido la intención de difamar a la empresa,
el juez sentenció a Nassif a tres meses de prisión
y le ordenó pagar una multa equivalente al valor de 10 sueldos
mínimos. Posteriormente, el juez le conmutó la pena
por trabajo comunitario. A fin de año, Nassif declaró
que apelaría la sentencia.
Integrantes del Poder Judicial continuaron interfiriendo con los
medios permitiendo la censura previa con el pretexto de proteger
la privacidad y el honor. A lo largo del año 2002, jueces
expidieron órdenes judiciales que prohibían que la
prensa publicara cualquier tipo de información sobre demandas
que involucraban a políticos y funcionarios públicos.
En una decisión que causó conmoción general,
un juez ordenó que los ejemplares de la edición del
24 de octubre del diario Correio Braziliense, con sede en Brasilia,
fueran buscados y confiscados si contenían fragmentos de
conversaciones que habían sido grabadas legalmente por la
policía y que el diario había obtenido. Estas conversaciones
supuestamente implicaban al gobernador del distrito federal Joaquim
Roriz en actos de corrupción. Además, el juez ordenó
que un funcionario del tribunal, acompañado por el abogado
de Roriz, visitara las oficinas del diario y observara el proceso
de edición del número del 24 de octubre para asegurarse
que no publicara ninguna noticia acerca de las grabaciones.
En diciembre, la Comisión de Justicia y Asuntos Constitucionales
del Senado presentó un proyecto de ley, conocido por sus
críticos como «ley mordaza», para prohibir que
los funcionarios judiciales y de seguridad dieran información
a la prensa que pudiera dañar la reputación, el honor
o la privacidad de cualquier persona que fuera sujeta a una investigación.
Quienes violen dicha ley deben enfrentar despidos, elevadísimas
multas, hasta dos años de prisión y la prohibición
de ejercer la función pública por tres años.
Aun cuando el gobierno insiste en que el proyecto de ley busca impedir
la revelación prematura de acusaciones no fundamentadas,
muchos periodistas temen que la medida pueda inhibir las investigaciones
de la prensa sobre corrupción, y argumentan que la reputación
de una persona ya de por sí se halla bien protegida por la
ley brasileña. El Senado en pleno aún no ha aprobado
el proyecto de ley.
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