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INTRODUCCIÓN
por Ann Cooper
Diecinueve periodistas cayeron en el cumplimiento de su deber durante
el 2002, la cifra más baja desde que el Comité para
la Protección de los Periodistas comenzó a registrar
el saldo anual de muertes en 1985.
Un factor que distinguió al 2002 fue el hecho de que algunos
conflictos disminuyeron su intensidad en algunas regiones clave.
El año anterior, por ejemplo, 37 periodistas habían
caído en el cumplimiento de su deber —ocho de ellos
mientras cubrían la guerra de Afganistán. La relativa
tranquilidad de esa zona y los avances hacia la paz en el 2002 en
Sri Lanka, Angola y otros países, redujo parcialmente el
riesgo que enfrentan los periodistas locales y los corresponsales
extranjeros que cubren conflictos violentos. Cisjordania fue una
dramática excepción: tres periodistas fueron muertos
por disparos provenientes de las Fuerzas de Defensa Israelíes,
y varios más resultaron heridos.
Pero la guerra es sólo una de las amenazas que enfrentan
los periodistas. La mayoría de los 19 comunicadores que murieron
en el 2002 fueron blanco de ataques en represalia directa por la
labor informativa que realizaban, por parte de los paramilitares
colombianos, de funcionarios corruptos en las Filipinas y de otros
que intentaron silenciar a periodistas a través de la intimidación
y el asesinato. A fines del año pasado, la mayoría
de los responsables de estas 19 muertes aún no habían
sido enjuiciados —un saldo de impunidad que amenaza la libertad
de prensa en todo el mundo—.
Por segundo año consecutivo, creció significativamente
el número de periodistas que fueron enviados a prisión.
A finales del año 2002, había 136 periodistas en prisión,
un 15 por ciento más que al final del 2001 y un sorprendente
68 por ciento por encima del cierre del año 2000, en el cual
solamente 81 periodistas estaban encarcelados. Por cuarto año
consecutivo, China está a la cabeza de los países
que encarcelan a periodistas, con 39 periodistas en prisión,
cinco de ellos encarcelados en el 2002. En Eritrea, donde el gobierno
proscribió la prensa privada una semana después de
los ataques del 11 de septiembre del 2001, 18 periodistas estaban
presos. En Nepal, donde fueron encarcelados 16 periodistas, el gobierno
justificó sus acciones represivas con el argumento de que
era una respuesta necesaria ante la amenaza que representaban los
rebeldes maoístas «terroristas».
Hasta el 11 de septiembre del 2001, el número de periodistas
en prisión venía mostrando una tendencia descendente
—de 129 en 1997, a 118 en 1998, a 87 en 1999, hasta 81 a fines
del año 2000—. La fuerte presión de organizaciones
internacionales, los medios y los gobiernos de todo el mundo, entre
ellos el de Estados Unidos, probablemente es el factor responsable
de este descenso. Los países que habitualmente encarcelaban
a periodistas fueron aislados y excluidos. Sin embargo, Nepal y
Eritrea, los que emprendieron su drástica campaña
represiva contra la prensa a fines del 2001, han logrado escapar
en gran medida a las críticas internacionales. Sin duda,
el estigma que acompañaba al encarcelamiento de periodistas
se ha disipado.
No obstante, la presión internacional puede haber desempeñado
un papel importante en la adelantada liberación, a principios
del 2003, de uno de los periodistas encarcelados. El periodista
ruso Grigory Pasko recibió libertad condicional por buena
conducta el 23 de enero, luego de cumplir dos tercios de su condena
de cuatro años por traición. Pasko, quien había
informado para la publicación militar Boyevaya Vakhta (Observador
de batalla) acerca del daño ecológico causado por
la marina rusa, había sido condenado por «traición
en la modalidad de espionaje» por «tener la intención»
de ofrecer documentos confidenciales a medios japoneses. El CPJ
había realizado una intensa campaña a favor de la
liberación de Pasko.
La prisión es la táctica más dura que usan
de modo habitual los gobiernos para suprimir todo tipo de información
crítica. En cientos de otros casos, todos documentados en
este ejemplar, los periodistas fueron agredidos, censurados, hostigados
y amenazados, sencillamente por realizar su trabajo.
Los periodistas fueron atacados en represalia por sus artículos
acerca de la corrupción oficial: Irina Petrushova, directora
de un periódico de temas económicos de Kazajstán,
recibió una corona fúnebre y luego un perro decapitado
para que desistiera de continuar investigando la corrupción
gubernamental.
Otros periodistas fueron blanco de ataques por poner en evidencia
las redes criminales de despiadados carteles de la droga: Tim Lopes,
reportero investigativo brasileño, usó una cámara
oculta para filmar la explotación sexual de menores en una
favela de Río de Janeiro, pero fue agarrado por una banda
de narcotraficantes, quienes lo golpearon, lo ejecutaron con una
espada y lo quemaron.
Los comunicadores también fueron víctima de ataques
mientras trabajaban para poner al descubierto las diversas conexiones
del terrorismo internacional: Daniel Pearl, reportero del Wall Street
Journal, esperaba reunirse con el líder de un grupo islámico
fundamentalista en Pakistán y, en cambio, fue secuestrado,
acusado de ser espía, asesinado, y su cuerpo desmembrado
fue arrojado en una tumba a flor de tierra. Sus captores hicieron
circular el video de su decapitación por la Internet para
reclutar seguidores que lucharan contra los Estados Unidos y sus
aliados.
Arrestos y juicios posteriores tal vez conduzcan a que se haga
justicia en los asesinatos de Lopes y Pearl. Otro juicio por homicidio,
sobre el espeluznante asesinato del destacado periodista investigativo
mozambicano Carlos Cardoso, causó sensación en el
2002 por acusaciones que apuntaban a un complot en las altas esferas
y que inclusive señalaban al hijo del presidente. El 31 de
enero del 2003, un juez sentenció a seis acusados a prolongadas
condenas de prisión por el asesinato de Cardoso y se comprometió
a seguir investigando a fondo el caso.
Sin embargo, en la mayoría de los demás casos, las
investigaciones oficiales sobre asesinatos de periodistas o bien
no se abren o no se realizan a fondo. Dos testigos del asesinato,
cometido en mayo del 2002, del editor y comentarista radial filipino
Edgar Damalerio, identificaron a un agente de la policía
como el autor, pero el agente aún no ha sido procesado. (Cuando
este volumen era editado, un juez filipino ordenó el arresto
del agente.) La impunidad es tan común en las Filipinas,
Colombia y Rusia que en estos países los periodistas se resignan
a perder varios colegas al año. En el 2002, dos periodistas
cayeron en las Filipinas, tres en Colombia y tres en Rusia como
consecuencia directa de su trabajo.
Y a ello se le suman los tres periodistas abatidos por fuego israelí
en Cisjordania, donde los reporteros locales y extranjeros que cubrían
ese conflicto —en particular la ofensiva militar de marzo
lanzada por Israel en Cisjordania— informaron que las Fuerzas
de Defensa Israelíes les dispararon a pesar de que estaban
claramente identificados como periodistas. Israel también
detuvo a varios periodistas palestinos, tres de los cuales permanecieron
detenidos por varios meses antes de que los liberaran sin formularles
cargo alguno. Los ataques y arrestos realizados por Israel, junto
con las presiones de la Autoridad Nacional Palestina, colocaron
a Cisjordania al frente de la lista del CPJ de los «10 peores
lugares del mundo para ejercer el periodismo».
Las autoridades israelíes a menudo justificaron sus acciones
aduciendo que eran necesarias para la seguridad nacional. Lo mismo
hicieron las autoridades rusas cuando reprimieron duramente a los
medios de prensa durante la crisis de los rehenes de octubre y después
de la crisis, en la cual rebeldes chechenios ocuparon un teatro
de Moscú donde unas 700 personas asistían a un espectáculo
musical. El gobierno ruso amenazó o tomó medidas contra
la prensa por entrevistar a participantes del asalto, por publicar
la fotografía de una mujer asesinada por los rebeldes chechenios,
y por mostrar por Internet una entrevista con los angustiados familiares
de algunos de los rehenes. Luego de que las fuerzas de seguridad
emplearan un gas narcótico e irrumpieran en el teatro —operativo
que dejó como saldo la muerte de más de 120 civiles
y de todos los rebeldes— el gobierno se impacientó
con los medios que cuestionaron si el número de víctimas
no pudiera haber sido más bajo. En noviembre, las protestas
de periodistas rusos y de organizaciones internacionales defensoras
de la libertad de prensa lograron que se diera marcha atrás
a un conjunto de reformas que habrían impuesto límites
sumamente rígidos a la cobertura informativa sobre el terrorismo
y las actividades terroristas. Los periodistas esperan que el gobierno
continúe debatiendo las restricciones en el 2003.
El inequívoco mensaje, tanto por parte de las autoridades
israelíes como de las rusas, fue que en ciertos conflictos
los medios no tienen pleno derecho a la información y al
acceso que requieren para cubrir los acontecimientos, y que no cuentan
con justificación para cuestionar los actos del gobierno.
Tales argumentos se han puesto cada vez más de moda: los
gobiernos de muchas partes del mundo han adoptado la retórica
de la lucha contra el terrorismo para suprimir el periodismo independiente
y las voces opositoras.
La «guerra contra el terrorismo» proclamada por el
presidente estadounidense George W. Bush y declarada en las semanas
que siguieron a los ataques del 11 de septiembre del 2001 contra
Estados Unidos, dio fuerza al argumento. Aunque el gobierno de Bush
se ha alejado de sus fuertes advertencias sobre el peligro de disentir,
otros líderes se escudan en el argumento de la lucha contra
el terrorismo para cometer actos represivos, e incluso en ocasiones
describen a los periodistas críticos como «terroristas».
La guerra contra el terrorismo fomenta la represión de los
medios de otro modo. Estados Unidos, por ejemplo, ha bajado el tono
de la crítica a las violaciones de los derechos humanos y
la libertad de prensa en países que son estratégicamente
importantes para sus planes bélicos, como las naciones de
Asia Central.
Eritrea casi no ha tenido que enfrentar críticas, a pesar
de la dura represión de fines del 2001, en la cual se cerraron
todos los medios independientes y se encarceló a 18 periodistas.
Varios funcionarios del gobierno de Estados Unidos visitaron ese
país en el 2002, en busca de un lugar que pudiera servir
de base al ejército estadounidense para sus acciones militares
contra Iraq. En una de estas visitas, en diciembre, se le preguntó
al secretario de Defensa de los Estados Unidos, Donald Rumsfeld,
acerca de los terribles antecedentes de Eritrea en materia de libertad
de prensa. Eritrea, respondió Rumsfeld, «es un nación
soberana, y ellos arreglan sus asuntos y resuelven sus problemas
del modo que ellos crean es el apropiado para ellos».
La respuesta dejó pocas esperanzas de que la presión
internacional pudiera lograr que el presidente eritreo, Isaías
Afewerki, suavizara las restricciones contra los medios privados
—o siquiera reconociera dónde están encarcelados
los periodistas y las figuras de la oposición que se hallan
incomunicados—.
Ningún caso de periodista atrajo tanta atención internacional
en el 2002 como el secuestro y posterior asesinato de Daniel Pearl.
Tras la muerte de Pearl, la seguridad de los periodistas se convirtió
de nuevo en prioridad para las organizaciones noticiosas, especialmente
las de Europa y Estados Unidos que tienen una amplia presencia en
el extranjero y cuentan con elevados presupuestos para despachar
a sus corresponsales a regiones en conflicto. Muchos medios compraron
chalecos antibalas y enviaron a sus corresponsales a cursos de entrenamientos
sobre cómo actuar en entornos hostiles. Los cursos duran
por lo general una semana, son dirigidos por militares retirados
y buscan sensibilizar a los periodistas acerca de los riesgos que
pueden enfrentar en una zona de conflicto.
Las posibilidades de una acción bélica por parte
de Estados Unidos contra Iraq generó un nuevo auge en los
cursos de entrenamiento, esta vez con el objetivo de preparar a
los periodistas para la guerra química y biológica.
Y el ejército estadounidense brindó cursos de entrenamiento
a una docena de corresponsales que estarían «integrados»
a las tropas en el caso de una invasión a Iraq.
A medida que las organizaciones de noticias presupuestaban millones
de dólares y negociaban con el ejército estadounidense
para lograr acceso al campo de batalla en caso de conflicto, surgieron
una serie de inquietudes, por ejemplo: ¿acaso el Pentágono
censuraría los reportajes procedentes del frente?, y ¿cómo
tratarían las tropas estadounidenses a los periodistas independientes
que no estuviesen acreditados para viajar con ellas? Junto con la
seguridad de los periodistas, el tema de la libertad de prensa en
la zona del posible conflicto seguramente se convertirá en
una prioridad clave para los periodistas en el 2003.
Ann Cooper es directora ejecutiva del Comité para la Protección
de los Periodistas. Antes de ingresar al CPJ en 1998, fue corresponsal
en el extranjero de la cadena National Public Radio durante nueve
años, en los que trabajó de jefa de corresponsalía
en Moscú y Johannesburgo.
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