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PREFACIO
por Serge Schmemann
Muchos periodistas enfrentan un dilema cuando se ataca a la prensa.
Nuestro orgullo, nuestras lealtades institucionales y gremiales,
claman por una respuesta. Tal vez somos muchas veces los portadores
de malas noticias, pero no somos su causa. Si la verdad les es adversa
a ustedes, vamos a afirmar, atacarnos a nosotros no va a cambiar
las cosas. Pero entonces una mitad del cerebro del periodista se
despierta. Nuestro instinto es (o debiera ser) quedarnos fuera de
la polémica, permanecer imparciales y no convertirnos en
parte de la nota. Si reclamamos el derecho de cuestionar a quienes
están en posiciones de autoridad, ¿por qué
entonces nuestro poder, nuestras instituciones, nuestro trabajo
debe estar por encima de los señalamientos y las críticas?
¿Por qué debemos reclamar un trato especial? ¿Y
quién sino nosotros conocemos mejor las fallas de la prensa?
Por encima de todo, si nos hemos convertido en noticia, ¿acaso
no habremos fracasado en nuestra tarea básica de cubrir las
noticias? Estos instintos en pugna a veces nos hacen renuentes a
escribir acerca de los problemas de nuestra profesión.
Creo que estaríamos todos de acuerdo en que si impusiéramos
nuestro criterio deliberadamente acerca de una nota, habríamos
fracasado. Pero luego de muchos años de cubrir lugares como
la Unión Soviética y el Medio Oriente, he visto que
los periodistas que son hostigados, encarcelados o asesinados raramente
son los que persiguen la gloria, el peligro o los índices
de audiencia. Muchos de ellos son personas que no eligieron tareas
reporteriles peligrosas, pero cuyos países o pautas informativas
quedaron atrapados en situaciones de conflicto, tiranías
o el caos. Contar la verdadera historia se volvió peligroso,
pero la contaron a pesar de todo porque creyeron que era su deber.
Daniel Pearl, periodista del Wall Street Journal, no fue secuestrado
y asesinado por haber sido imprudente y descuidado; estaba en Pakistán
porque era allí donde estaba la nota más importante
de su pauta informativa, y fue asesinado por extremistas que lo
odiaban por ser periodista, por ser estadounidense y por ser judío.
«No me considero una heroína», comentó
la jefa de redacción del periódico Respublika, Irina
Petrushova, una madre de voz suave que ha sido amenazada, hostigada
y atacada por escribir acerca de casos de corrupción en el
gobierno de Kazajstán, luego de recibir uno de los Premios
Internacionales a la Libertad de Prensa del CPJ en el 2002. «Como
cientos de colegas de otros países del mundo, temo por mí
y por mis hijos. Temo incluso más que mis hijos tengan que
vivir en una sociedad totalmente corrupta. Temo que se vean obligados
a mentir, sobornar o humillarse para poder tener éxito en
la vida. Temo el arbitrario gobierno de burócratas y policías,
que no rinden cuentas a la sociedad, y que están convirtiendo
a Kazajstán en un estado autoritario».
Mientras Petrushova hablaba, yo estaba sentado junto a su esposo.
«Esto realmente los va a enojar», él murmuró.
«¿Las cosas no van a empeorar para ella?», le
pregunté. «No, en lo absoluto. Esto es lo que necesitan
escuchar», me respondió.
El momento me hizo recordar años anteriores, cuando los
predecesores espirituales de Petrushova de entre los disidentes
soviéticos arriesgaban su libertad e inclusive la vida, para
dar información de modo clandestino a periodistas de Occidente,
convencidos de que dar a conocer, lo que se llamó el glasnost,
las realidades del régimen soviético era la única
arma que tenían para combatir a la tiranía. Muchos
de esos disidentes también fueron héroes involuntarios,
personas que habían llegado a la dolorosa conclusión
de que no tenían otra opción moral sino la de decir
toda la verdad. Al final, fue la adopción oficial de la política
de glasnost por parte del ex líder soviético Mijaíl
Gorbachov —más que cualquier otra arma de la Guerra
Fría— lo que ocasionó el desplome del sistema
comunista. Y por más triste que sea el renacimiento del despotismo
en gran parte del ex imperio soviético, es alentador que
la voz de personas como Petrushova no se haya apagado.
No hace mucho, pasé varios meses cubriendo el conflicto
palestino-israelí. En el 2002, Cisjordania figuraba primera
en la lista del CPJ de los «peores lugares para ejercer el
periodismo», sobre la base del número de ataques a
la prensa documentados. El conflicto entre Israel y Palestina es
un tema muy difícil de cubrir debido a las encendidas pasiones
que provoca cada nota periodística entre lectores y televidentes.
Se acusa constantemente a los periodistas de estar parcializados
o de violar las restricciones. Sin embargo, luego de observar a
tantos periodistas y camarógrafos superar peligros, odios
y barreras día tras día, estoy convencido de que la
gran mayoría de ellos lo hace porque esa es la única
manera como pueden contar lo que sucede, y porque creen que deben
contarlo. Sus reportajes pueden llegar a enfurecer a una u otra
parte del conflicto, pero, en definitiva, nadie puede decir que
desconoce lo que sucede en esa tierra afligida y hecha pedazos.
En última instancia, ésa es la respuesta al dilema.
La respuesta a quienes asesinaron a Daniel Pearl, o a quienes hostigan
a Irina Petrushova es asegurar que las historias por las cuales
sufrieron, sus historias, sean relatadas —no por venganza
o despecho, sino porque deben contarse ya que nosotros mismos debemos
escucharlas. Ello, en definitiva, es nuestra única y genuina
defensa, y el verdadero tributo que podemos rendirle a nuestros
colegas.
Serge Schmemann es miembro del consejo editorial del The New York
Times. Ha cubierto Sudáfrica, la Unión Soviética,
Alemania, la Rusia postsoviética e Israel. Le fue otorgado
el premio Pulitzer en 1991 por su cobertura de la reunificación
de Alemania.
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