Prefacio
Introducción
Balance Regional: Las Américas
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Guatemala
Haití
Honduras
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Nicaragua
Panamá
Paraguay
Perú
Estados Unidos
Uruguay
Venezuela






PREFACIO
por Serge Schmemann


Muchos periodistas enfrentan un dilema cuando se ataca a la prensa. Nuestro orgullo, nuestras lealtades institucionales y gremiales, claman por una respuesta. Tal vez somos muchas veces los portadores de malas noticias, pero no somos su causa. Si la verdad les es adversa a ustedes, vamos a afirmar, atacarnos a nosotros no va a cambiar las cosas. Pero entonces una mitad del cerebro del periodista se despierta. Nuestro instinto es (o debiera ser) quedarnos fuera de la polémica, permanecer imparciales y no convertirnos en parte de la nota. Si reclamamos el derecho de cuestionar a quienes están en posiciones de autoridad, ¿por qué entonces nuestro poder, nuestras instituciones, nuestro trabajo debe estar por encima de los señalamientos y las críticas? ¿Por qué debemos reclamar un trato especial? ¿Y quién sino nosotros conocemos mejor las fallas de la prensa? Por encima de todo, si nos hemos convertido en noticia, ¿acaso no habremos fracasado en nuestra tarea básica de cubrir las noticias? Estos instintos en pugna a veces nos hacen renuentes a escribir acerca de los problemas de nuestra profesión.

Creo que estaríamos todos de acuerdo en que si impusiéramos nuestro criterio deliberadamente acerca de una nota, habríamos fracasado. Pero luego de muchos años de cubrir lugares como la Unión Soviética y el Medio Oriente, he visto que los periodistas que son hostigados, encarcelados o asesinados raramente son los que persiguen la gloria, el peligro o los índices de audiencia. Muchos de ellos son personas que no eligieron tareas reporteriles peligrosas, pero cuyos países o pautas informativas quedaron atrapados en situaciones de conflicto, tiranías o el caos. Contar la verdadera historia se volvió peligroso, pero la contaron a pesar de todo porque creyeron que era su deber. Daniel Pearl, periodista del Wall Street Journal, no fue secuestrado y asesinado por haber sido imprudente y descuidado; estaba en Pakistán porque era allí donde estaba la nota más importante de su pauta informativa, y fue asesinado por extremistas que lo odiaban por ser periodista, por ser estadounidense y por ser judío.

«No me considero una heroína», comentó la jefa de redacción del periódico Respublika, Irina Petrushova, una madre de voz suave que ha sido amenazada, hostigada y atacada por escribir acerca de casos de corrupción en el gobierno de Kazajstán, luego de recibir uno de los Premios Internacionales a la Libertad de Prensa del CPJ en el 2002. «Como cientos de colegas de otros países del mundo, temo por mí y por mis hijos. Temo incluso más que mis hijos tengan que vivir en una sociedad totalmente corrupta. Temo que se vean obligados a mentir, sobornar o humillarse para poder tener éxito en la vida. Temo el arbitrario gobierno de burócratas y policías, que no rinden cuentas a la sociedad, y que están convirtiendo a Kazajstán en un estado autoritario».

Mientras Petrushova hablaba, yo estaba sentado junto a su esposo. «Esto realmente los va a enojar», él murmuró. «¿Las cosas no van a empeorar para ella?», le pregunté. «No, en lo absoluto. Esto es lo que necesitan escuchar», me respondió.

El momento me hizo recordar años anteriores, cuando los predecesores espirituales de Petrushova de entre los disidentes soviéticos arriesgaban su libertad e inclusive la vida, para dar información de modo clandestino a periodistas de Occidente, convencidos de que dar a conocer, lo que se llamó el glasnost, las realidades del régimen soviético era la única arma que tenían para combatir a la tiranía. Muchos de esos disidentes también fueron héroes involuntarios, personas que habían llegado a la dolorosa conclusión de que no tenían otra opción moral sino la de decir toda la verdad. Al final, fue la adopción oficial de la política de glasnost por parte del ex líder soviético Mijaíl Gorbachov —más que cualquier otra arma de la Guerra Fría— lo que ocasionó el desplome del sistema comunista. Y por más triste que sea el renacimiento del despotismo en gran parte del ex imperio soviético, es alentador que la voz de personas como Petrushova no se haya apagado.

No hace mucho, pasé varios meses cubriendo el conflicto palestino-israelí. En el 2002, Cisjordania figuraba primera en la lista del CPJ de los «peores lugares para ejercer el periodismo», sobre la base del número de ataques a la prensa documentados. El conflicto entre Israel y Palestina es un tema muy difícil de cubrir debido a las encendidas pasiones que provoca cada nota periodística entre lectores y televidentes. Se acusa constantemente a los periodistas de estar parcializados o de violar las restricciones. Sin embargo, luego de observar a tantos periodistas y camarógrafos superar peligros, odios y barreras día tras día, estoy convencido de que la gran mayoría de ellos lo hace porque esa es la única manera como pueden contar lo que sucede, y porque creen que deben contarlo. Sus reportajes pueden llegar a enfurecer a una u otra parte del conflicto, pero, en definitiva, nadie puede decir que desconoce lo que sucede en esa tierra afligida y hecha pedazos.

En última instancia, ésa es la respuesta al dilema. La respuesta a quienes asesinaron a Daniel Pearl, o a quienes hostigan a Irina Petrushova es asegurar que las historias por las cuales sufrieron, sus historias, sean relatadas —no por venganza o despecho, sino porque deben contarse ya que nosotros mismos debemos escucharlas. Ello, en definitiva, es nuestra única y genuina defensa, y el verdadero tributo que podemos rendirle a nuestros colegas.


Serge Schmemann es miembro del consejo editorial del The New York Times. Ha cubierto Sudáfrica, la Unión Soviética, Alemania, la Rusia postsoviética e Israel. Le fue otorgado el premio Pulitzer en 1991 por su cobertura de la reunificación de Alemania.