|
Me zumbaba al oído su obscena sinfonía. De un manotazo he terminado con su frágil ferocidad. Quizás sea una bolita negra despanzurrada en algún rincón de la penumbra. Quizás escapó del golpe. Pero he despertado sobresaltado.
A veces son ellos. Otras una rata. Si es ella, pasa veloz por mi memoria. Amenaza a un lagarto de cara hosca que huye. Se adueña de mi ámbito. Se come, voraz, mis alimentos. Defeca. La emprende con mis libros, la foto de mi hijo. Los devora. Defeca. Arremete contra mi pasta dental y mis jabones. Los aniquila. Defeca. Se lo come todo. Defeca. Comienza a roerme los dedos de los pies. Tengo una erección. La cosquilla me excita. Muchos meses sin mujer. Algo me duele. Pateo el aire. Ella defeca. Se marcha de mi pesadilla.
Al mediodía los lagartos se comen a los mosquitos. Luego vienen las ratas a comerse a los lagartos. Yo no puedo comer. La cena hiede a podrido. El estómago se me subleva. Se revela el yeyuno y chilla. Chilla como una rata hambrienta. Pero la garganta se cierra. No permite el paso de la bazofia pestilente. Despierto vomitando.
Los mosquitos retornan en la noche con su música monótona. El calor es de horno. La lobreguez total. Me ahuyentan el sueño. Me acechan. Me acosan. Simulo dormir para que se acerquen. Los golpeo. Los asesino. Pero son muchos. Se abalanzan sobre mí. Son muchos. Me punzan. Me desangran. Me asfixian. Resucito en la oscuridad cundido de escozores.
Es un sueño recurrente que hoy espanto de un manotazo y mañana regresa intacto. No cesa. Parece enraizado en mí. Alguien gime desconsolado como un niño perdido. Se le han extraviado sus soldaditos de plomo, su novia del colegio, su libro de poemas. Lleva las tripas en una mano. Lo acuchillaron en el patio donde se asoleaba. Nadie escucha. Alguien canta. Quizás se exorciza del miedo. La canción es triste. Cuenta de desamor. Amanece ahorcado. Nadie lo escuchó. La gente tiene muchos gritos dentro como para escuchar los ajenos. Pero yo lo veo todo. Los ojos me sudan en el esfuerzo. ¿O será que desperté otra vez llorando?
Trato de dormir. Subo hasta lo más blanco de mi alma. Me encaramo alto en mi inocencia. Sé que soy inocente. Mi pecado es amar la libertad, lo justo y la belleza. Floto. Estoy a punto de ser feliz. Pero unos alfileres se me clavan en la nariz y los pulmones. Estornudo. Moqueo. Me falta el aire. El retrete turco se ha desbordado y el excremento sube hasta mi jergón de prisionero. No hay agua. No puedo limpiar. No puedo asearme. Caigo en la cuenta de que estoy preso. Que tengo por habitación un calabozo de apenas un metro y medio de ancho. Que la justicia es también prisionera de quienes me encarcelan. No tengo a quien quejarme. Quizás el mundo se conduela de mí. Y entonces una mano suave me acaricia el pelo, y la voz de Yolanda se trueca música diciéndome que Gabriel tiene el sábado una fiesta en su escuela. Sonrío levemente. Fue otra vez la pesadilla, me digo.
Pero mi pesadilla de hoy es la realidad de Héctor Maseda y José Ubaldo Izquierdo, de Omar Ruiz y Juan Carlos Herrera, de Normando Hernández y Ricardo González que la viven todavía y desde hace cinco años en una cárcel cubana. Y yo sé que son inocentes. Que su culpa es amar la libertad, lo justo y la belleza. Éramos periodistas. Buscábamos la verdad. Y la decíamos. Por eso el gobierno cubano nos lanzó al estercolero de las ratas y los mosquitos, de los alimentos incomibles y la falta de agua, de los destripados y los ahorcados, de los calabozos inmundos y los guardianes torvos.
Mi pesadilla de hoy es la cotidianeidad agresiva que padecen Pablo Pacheco y Pedro Arguelles, Fabio Prieto y Julio César Gálvez junto a otros que convierten a Cuba en la segunda cárcel de periodistas del mundo con la cifra de 22 comunicadores encarcelados desde marzo de 2003. Y aunque sé que muy pronto para ellos esa realidad espeluznante se tornará sólo recuerdo y pesadilla no entiendo la razón de porque los encarcelaron, y peor aún, los mantienen presos después de cinco años en que el mundo, condolido, no ha cesado de pedir su liberación para que puedan asistir los sábados a una fiesta de las escuelas de sus hijos.
|