MANAGUA,
Nicaragua
En la tarde
del 2 de abril, una caravana de vehículos oficiales pasó a toda velocidad por
las calles de Managua con destino al aeropuerto internacional. Para los pocos
nicaragüenses que observaban la procesión, era el primer indicio que el
Presidente Daniel Ortega estaba por embarcarse en un viaje al exterior.

Adónde se
dirigía y qué actividades desarrollaría durante su periplo, serían un misterio.
A la mañana
siguiente, el diario La Prensa de
Managua publicó un artículo en la portada con información de que Ortega había
salido del país por un período prolongado en camino a Cuba y Venezuela previo a
la Cumbre de las Américas en Trinidad y Tobago. La Prensa, el diario más influyente del país, criticó a Ortega por
haber viajado en forma precipitada y por no haber notificado a la Asamblea Nacional,
como lo requiere la ley.
Los únicos
periodistas que acompañaron al presidente eran representantes de lo que los
nicaragüenses denominan la prensa "oficial" -medios controlados por la familia Ortega o
por su partido, el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN). Los
programas progubernamentales repitieron durante el día una breve transmisión
del Presidente cubano Raúl
Castro saludando a su colega nicaragüense.
Dos días
después, Ortega regresó en forma inesperada a Nicaragua sin explicar los
motivos, objetivos o siquiera el itinerario de su viaje.
El episodio
es indicativo de una estrategia de comunicación diseñada por Ortega y su mujer, Rosario Murillo, virtual primer
ministro que opera como zar de las comunicaciones en Nicaragua. Impulsado por
varias décadas de hostilidades contra los medios, el líder nicaragüense y su
esposa han definido a la prensa privada como un desafío político directo y han
procurado marginar su influencia. La primera regla es ignorar a los medios
privados, a quienes Ortega y Murillo han descrito en varias ocasiones como
financiados por la CIA y controlados por una elite que denominan
despectivamente como la
oligarquía. Para asegurar que el punto de vista del gobierno
de Ortega llegue al público "incontaminado" por los medios críticos, los
funcionarios de su administración mantienen contacto solo con un puñado de
medios progubernamentales controlados por la familia presidencial o el partido.
Incluso con esos medios, Ortega tampoco ofrece entrevistas, confiando en cambio
de periodistas amigos para publicar sus declaraciones, ya preparadas, y cubrir
eventos públicos.
Los
periodistas críticos, por otra parte, enfrentan persecución legal y ataques a
su reputación; Ortega los ha calificado como "hijos de Goebbels" y enemigos del
pueblo nicaragüense. Los medios oficiales contribuyen con campañas de
desprestigio con el objeto de desacreditar a los periodistas independientes. Periodistas
y otros críticos del gobierno sandinista han sido víctimas de al menos cuatro
demandas por difamación. Y el gobierno de Ortega ha manipulado la distribución
de la publicidad oficial e impedido el acceso a fuentes oficiales de modo de
castigar a los medios críticos y recompensar a quienes los apoyan.
Líderes
latinoamericanos de todo el espectro político, desde el venezolano Hugo Chávez hasta
el colombiano Álvaro Uribe, han intentado implementar estrategias similares con
respecto a los medios. Pero el nivel de resguardo del escrutinio público que ha
buscado Ortega es inusual en la región. Las políticas de su gobierno han
amenazado a las instituciones que contribuyen a controlar el poder y han puesto
en peligro asistencia financiera externa importante para el bienestar del país.
Deja Vú de la Revolución
La
desconfianza que Ortega tiene con los medios tiene sus raíces en el primer
gobierno sandinista, que lideró entre 1979 y 1990. "Daniel Ortega vive un deja
vú de la revolución y que a treinta años del triunfo revolucionario el enemigo
es el mismo", escribió Eduardo Marenco en un informe del mes de abril para el Observatorio
de Medios del Centro de Investigación de la Comunicación (CINCO), una
organización sin fines de lucro que promueve la investigación de medios, la
democracia y el periodismo investigativo.
Irónicamente,
el mandatario de 63 años nunca habría alcanzado el poder sin la ayuda de los
medios, particularmente de La Prensa,
quien criticó con dureza al dictador Anastasio Somoza. El asesinato de su
editor, Pedro Joaquín Chamorro, en 1978, fue uno de los motores que generó
indignación generalizada y que contribuyó a la caída del régimen de Somoza y a
que los sandinistas alcanzaran el poder.
El gobierno
sandinista (liderado por Ortega) percibía a los medios -tanto domésticos como
internacionales--como un elemento central para su proyecto político. Después de
la revolución, el hijo de Pedro Joaquín Chamorro, Carlos
Fernando, se convirtió en editor del diario Barricada,
del partido sandinista. El gobierno de Ortega relanzó la radio estatal con el
fin de impulsar su mensaje populista. El FSLN coqueteó con la prensa
internacional que invadió Nicaragua, y con regularidad exponían a sus líderes a entrevistas con una amplia
gama de medios extranjeros.
Pero las
relaciones comenzaron a deteriorarse con los medios nicaragüenses que se
volvieron críticos de los sandinistas. Ortega y el liderazgo partidario
comenzaron a percibir a los medios como portavoces de los Contras, un grupo
heterogéneo de grupos rebeldes anticomunistas que, operando desde Honduras y
Costa Rica, recibieron apoyo financiero del gobierno de Reagan. La furia de los
sandinistas estaba dirigida principalmente a La Prensa. Partidarios del sandinismo sostenían entonces -como
muchos aún afirman hoy--que la CIA escribía los títulos de La Prensa, acusaciones que han sido desmentidas por el diario.
Citando a la guerra contra los rebeldes como justificación, el gobierno clausuró
a La Prensa en varias ocasiones
durante los '80.
En 1990, en
un esfuerzo por poner fin al impasse creado por más de una década de guerra
civil, Ortega acordó la realización de elecciones nacionales. Confiado en la
victoria cuando convino la votación, Ortega quedó pasmado cuando la viuda de
Pedro Joaquín Chamorro,
Violeta, lo derrotó en las urnas, una caída de la que
responsabilizó en parte a los medios. Su desdeño por la prensa pareció
agudizarse durante los 16 años en los que planeó su regreso a la política
mientras Nicaragua era gobernada por políticos conservadores, entusiastas de
las políticas de mercado y con frecuencia acusados de corrupción.
La disputa
entre Ortega y la prensa se intensificó cuando el líder nicaragüense quedó
atrapado en un escándalo personal que casi culmina con su carrera política. En
1998, la hijastra de Ortega, lo acusó públicamente de haberla abusado
sexualmente desde que tenía 13 años, un acoso que se extendió varios años. El
escándalo desató un áspero debate y los analistas sostienen que la situación
profundizó la tendencia de Ortega hacia el secretismo.
Si bien el
escándalo lo afectó políticamente, Ortega fue igualmente capaz de movilizar a
sus partidarios al argumentar que era víctima de una conspiración. Negoció con
destreza una alianza con su otro rival, Arnoldo Alemán, el líder con fama de
corrupto del centroderechista Partido Liberal Constitucional (PLC). La
negociación entre Ortega y Alemán, conocida en Nicaragua como "El Pacto", le
permitió a los sandinistas y al PLC dominar la política nacional mientras
blindaba a ambos líderes de posibles problemas legales. El pacto catapultó al
líder sandinista de regreso a la presidencia con el 38 por ciento de los votos,
en las elecciones presidenciales de 2006.
Las elecciones generan cambios y conflicto
Pero fueron
las elecciones municipales de noviembre de 2008, que estuvieron manchadas por
acusaciones generalizadas de fraude y manipulación por parte del gobierno, las
que dispararon un deterioro significativo de las condiciones de libertad de
prensa. Dos partidos de la oposición fueron descalificados antes de la
votación; observadores independientes, tanto locales como internacionales, no
recibieron autorización para monitorear los comicios; al tiempo que hubo urnas
que fueron destruidas. Luego de que el Consejo Supremo Electoral, controlado
por los sandinistas, anunciara que el FSLN estaba liderando 105 de las 146 elecciones a
alcalde en todo el país -incluyendo la disputada contienda en la capital,
Managua--, una serie de protestas masivas irrumpieron en el país.
Ortega
respondió arremetiendo contra los críticos, particularmente a aquellos en los
medios. "Yo creo que los que más han conspirado contra esta elección, es la
campaña de miedo que trataron de levantar algunos medios de comunicación",
acusó Ortega en ese entonces. Mientras que los militantes del FSLN se
enfrentaron con enfurecidos manifestantes, también la emprendieron contra
periodistas que cubrían las protestas. El 19 de noviembre de 2008, más de una
docena de atacantes enmascarados armados con revólveres, palos y piedras
irrumpieron en los estudios de las tres principales radios privadas de la
ciudad de León -Radio Darío, Radio Metro Estéreo y Radio Caricias- y
destruyeron sus equipos, según el informe anual del Centro Nicaragüense por los
Derechos Humanos (CENIDH).

En Managua,
militantes del sandinismo atacaron a Iván Olivares, periodista del semanario Confidencial. El reportero fue apuñalado
con una bayoneta mientras cubría un enfrentamiento entre manifestantes pro y
antigubernamentales. Simpatizantes del FSLN fueron acusados de destruir los
vidrios de vehículos de prensa pertenecientes a los Canales 2 y 8 de la
televisión nacional, según informó La
Prensa. Los activistas de la oposición también atacaron a periodistas
prosandinistas. En Managua, un grupo de atacantes no identificados apuñaló y
pateó a Nicolás Berríos Santana, periodista de Nueva Radio Ya, el 12 noviembre
de 2008.
Aunque la
violencia contra la prensa ha sido intermitente, otras formas de acoso han sido
sistemáticas. Desde que asumió su mandato en enero de 2007, Ortega ha seguido
la tendencia de sus antecesores en el cargo de manipular la distribución de la
publicidad oficial, imponiendo embargos publicitarios sobre medios críticos
mientras recompensa a la prensa oficial. Una investigación del semanario Confidencial informó que el gobierno
gastó el 80 por ciento de 3,5 millones de dólares estadounidenses en concepto
de publicidad oficial durante el período 2007-2008 en Canal 4, estación
televisiva manejada por los hijos de Ortega y que, según varios informes, sería propiedad
de la familia presidencial.
El gobierno
utiliza la estructura de los medios oficiales -Canal 4, la emisora Nueva Radio
Ya y el sitio de noticias Web El 19--para
lanzar ataques contra sus críticos. Estos esfuerzos son apoyados por servicios
noticiosos que se transmiten por correo electrónico, llamados Nicaragua Triunfa y Nicaragua, cómo vamos-y la Radio Sandino del FSLN. En marzo, por
ejemplo, el Canal 4 transmitió una serie de avisos atacando al director de El Nuevo Diario, Francisco Chamorro
(primo de Carlos Fernando Chamorro), y de su editor, Danilo Aguirre,
calificándolos de "fascistas". El despido de una periodista del diario (por
cuestiones de rendimiento, según sus jefes; por activismo gremial, entre otras
cosas, según la reportera) fueron utilizados para una campaña de desprestigio
que incluyó imágenes de Chamorro y Aguirre con una cruz esvástica nazi.
Pero uno de
los principales objetivos de Ortega ha sido Carlos
Fernando Chamorro, el ex editor del diario sandinista
convertido en periodista multifacético y un duro crítico del gobierno. Chamorro
es editor de la revista Confidencial,
presidente de CINCO y conductor de los programas televisivos de noticias "Esta
Semana" y "Esta Noche". Fue en "Esta Semana" donde Chamorro expuso un
millonario esquema extorsivo que involucraba al partido sandinista. Luego de la
salida al aire de la emisión, Canal 4 y Nueva Radio Ya lanzaron anuncios con
acusaciones infundadas vinculando a Chamorro con el narcotráfico internacional,
entre otras cosas.
Periodistas
de los medios oficiales tienden a percibir a sus colegas de la prensa privada
como adversarios políticos. Dennis Schwartz, director general de la Nueva Radio Ya,
señaló que la familia
Chamorro había impuesto "una dictadura de prensa" en
Nicaragua. "Pertenecen a la clase oligárquica y nadie los puede tocar. Los
medios de la derecha siempre destacan lo negativo, nunca algo positivo", indicó
Schwartz en una entrevista con el CPJ.

El gobierno
incrementó su ataque contra Chamorro en septiembre de 2008 cuando lanzó una
investigación contra más de una decena de organizaciones sin fines de
lucro acusándolos de canalizar ilegalmente fondos de gobiernos
extranjeros hacia otros grupos de la sociedad civil. Entre los grupos que
fueron blanco de la investigación figura la organización de Chamorro, llamada
CINCO, que promueve periodismo de investigación. En octubre, la policía allanó
las oficinas de CINCO en Managua, confiscó documentos y computadoras. El juez
que ordenó el allanamiento indicó que estaban siendo investigados por actividades
ilícitas y denuncias de lavado de dinero, y sometió a Chamorro a un extenso
interrogatorio. En febrero, luego de la condena internacional, la fiscalía
general de Nicaragua decidió abandonar la causa penal contra CINCO y las otras
seis organizaciones.
Infundir entusiasmo a sus partidarios
El hostigamiento
legal contra Chamorro tiene idénticas características del que fueron víctima
otras conocidas personalidades nicaragüenses que han
sido líderes del movimiento sandinista. Notorios entre ellos es el caso del
sacerdote y poeta Ernesto Cardenal, de 83 años, sentenciado en agosto por una
demanda de difamación en su contra, y la activista por los derechos de la mujer
y periodista, Sofía Montenegro, cuyas oficinas fueron allanadas en octubre
luego de haber denunciado a Ortega por prohibir el aborto terapéutico.
La
embestida de Ortega contra los medios y otros críticos tuvo como objetivo
debilitar a las instituciones de la sociedad civil en coincidencia con las
elecciones municipales de noviembre de 2008, varias fuentes señalaron al CPJ.
De hecho, los ataques ayudaron a infundir entusiasmo en las bases sandinistas
que tomaron las calles para defender al gobierno contra las acusaciones de
fraude electoral.
En su
análisis sobre la estrategia de comunicación del gobierno, Marenco, del Consejo
Asesor del Observatorio de Medios "todavía conceptualiza que los medios de
comunicación son para la guerra". El propio Ortega utilizó un lenguaje similar
durante una entrevista con la cadena árabe Al Jazira en marzo, el único
reportaje que ofreció desde que asumió su mandato. Ortega aseguró a David Frost
que Nicaragua está librando una guerra mediática, "una guerra de ideas".
Ortega se
ha convertido en una figura aislada que se refugia en el secretismo: Nunca ha
ofrecido una conferencia de prensa oficial, su agenda política es virtualmente
desconocida, los funcionarios de gobierno son inaccesibles y su salud es un
aparente secreto de estado. Informes de prensa con frecuencia hacen alusión a
una especulación pública generalizada, que hasta el momento no ha sido
confirmada, de que Ortega sufriría de Lupus, una enfermedad autoinmune crónica.
La estrategia de de medios del gobierno está estrictamente controlada por
Rosario Murillo; ningún funcionario del ejecutivo ofrecerá declaraciones a los
medios privados sin su autorización. Dos
funcionarios que desafiaron la política hermética de Murillo al proporcionar
información a La Prensa fueron
despedidos de inmediato, afirmó el presidente del diario, Jaime Chamorro
Cardenal, hermano de Pedro Joaquín.
"Hablamos
cuando queremos para decir lo que queremos", señaló al CPJ Omar Cabezas Lacayo,
el funcionario de mayor jerarquía del gobierno en derechos humanos. "Como
procurador de derechos humanos, no tengo respeto por la ética de los medios alimentada
por la CIA". Rafael Solís, vicepresidente de la Corte Suprema de Justicia y uno
de los asesores cercanos de Ortega, sostuvo que el gobierno centraliza la
comunicación para evitar divergencias. "Murillo", indicó, "quiere que el
gobierno hable con una sola voz. Es solo una cuestión de estilo".

Los
donantes internacionales tienen una perspectiva diferente. Observan el deterioro
de las instituciones civiles -combinado con evidencia de fraude sistemático en
las elecciones municipales- como indicativos que el gobierno no está
comprometido con los valores democráticos. Los donantes están preocupados de
que Ortega intente consolidar su poder con una reforma constitucional que le
permite un mandato adicional. Como resultado, los cerca de 62 millones de
dólares aportados por la Cuenta Reto del Milenio para desarrollo que respalda el
gobierno de Estados Unidos han sido cancelados, mientras que unos 65 millones
de dólares en asistencia financiera de la Comisión Europea y otros donantes de
ese continente han sido suspendidos. Tanto Estados Unidos como la Unión Europea han insistido que el gobierno de
Nicaragua debe examinar las acusaciones de fraude electoral.
La
situación de deterioro de la economía nicaragüense, que ha sido duramente
golpeada por la recesión global, podrían limitar las opciones de Ortega. Como
el gobierno necesita asistencia internacional, el presidente podría intentar
llegar a un acuerdo con los donantes europeos donde los pecados del pasado son
perdonados a cambio de compromisos de elecciones imparciales y respeto por la
libertad de prensa y otros derechos humanos. Pero algunos críticos, citando el
estilo polarizante de Ortega, temen que el mandatario provoque una crisis
desestabilizadora con la esperanza de solidificar su poder. "Ortega siempre
juega a exacerbar las crisis y a negociar al borde del precipicio", destacó
Sergio Ramírez, un novelista de reconocido internacionalmente quien fue
vicepresidente en el período 1984-1990.
Pero la
fuerza de los medios para articular su mensaje ha sido puesta en discusión por
Ortega, un presidente apoyado por una minoría cuyo poder político depende de la
movilización de la base sandinista, no en un discurso dirigido al centro del
espectro político. Las tendencias autocráticas de Ortega son más proclives a
desplegarse en un clima de secretismo y aislamiento, haciendo de la lucha por
la libertad de prensa el pronóstico de una batalla más amplia por la democracia
en Nicaragua.
Carlos Lauría es coordinador senior del
programa de las Américas del CPJ. Joel Simon es director ejecutivo del CPJ.
Recomendaciones
del CPJ al presidente Daniel Ortega
- Abstenerse de usar un lenguaje
exaltado, como calificar a sus críticos de "enemigos" del pueblo
nicaragüense.
- Asegurar que todos los medios,
incluyendo a la prensa crítica, tienen acceso equitativo a los eventos
públicos. Ofrecer entrevistas y realizar conferencias de prensa
periódicas.
- Asegurar que el Poder Judicial,
la Fiscalía General del Estado y otros instrumentos de gobierno nunca
serán utilizados para acosar o intimidar a los medios.
- Condenar ataques físicos a los
medios en forma pública e insistir en que se efectúen investigaciones
oportunas y exhaustivas.
- Insistir en poner punto final a
las campañas sistemáticas tendientes a desacreditar a los periodistas
críticos, esfuerzos que son particularmente llevados a cabo por medios que
simpatizan con su gobierno.