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In the Fall/Winter 2007 issue |
Una publicación del Committee to Protect Journalists |
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APATZINGÁN, México |
Actualizado 7 de noviembre del 2007 |
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Los cuchillos ya no presionaban su abdomen. Ya no sentía el cañón del arma sobre su cabeza. Pero Antonio Ramos seguía inmóvil debajo del cielo oscuro, con un suéter todavía sobre su cabeza. “No recuerdo cuánto tiempo permanecí arrodillado en el suelo”, señala. “Escuché que el carro se alejaba, pero no estaba seguro si estaba sólo o si alguien permanecía allí listo para dispararme”. Al final, Ramos se paró, y se encontró en un campo con las luces de Apatzingán brillando a unos kilómetros de distancia.
Sus temores parecen estar bien fundamentados. En México, uno de los países más peligrosos para los periodistas en el mundo, Michoacán se ha unido a los estados del norte como Baja California, Chihuahua y Tamaulipas, donde periodistas han muerto o han sido brutalmente golpeados por cubrir el tráfico de drogas y las actividades de los carteles del Golfo y de Sinaloa. Ansiosos por proteger sus beneficios y la plaza, como se conoce el mercado de la droga, los narcotraficantes están dispuestos a hacer un ejemplo con los periodistas de investigación por medio de asesinatos, golpes y amenazas.
La violencia ha crecido en brutalidad, con ejecuciones conducidas a plena la luz del día y decapitaciones que se vuelven más comunes. El 25 de octubre del 2006, varios hombres armados con uniformes militares irrumpieron en el club nocturno Sol y Sombra en Uruapán, una ciudad al este de Michoacán conocida por la cosecha del aguacate. Mientras que la multitud contemplaba la escena, los sujetos depositaron cinco cabezas humanas sobre el piso de la pista de baile. La policía interpretó el horrendo acto como un mensaje del cartel de la droga del Golfo al grupo de narcotraficantes del cartel de Sinaloa. Violencia del mismo estilo se ha manifestado en la ciudad de Apatzingán, a pocas horas en carro al sudoeste de Uruapán. De hecho, el crimen ha cambiado la imagen de Apatzingán al grado que ahora es conocida tanto por la violencia del narcotráfico como por ser el lugar en dónde los líderes revolucionarios de México se reunieron casi 200 años atrás para realizar el borrador de la primera constitución del país. A principios de diciembre del 2006, apenas una semana después de haber asumido el gobierno, el Presidente Felipe Calderón desplegó miles de soldados en Michoacán y otros estados invadidos por la violencia del narcotráfico. En la actualidad, los militares asumen con regularidad un rol en la lucha contra el crimen en las ciudades pequeñas de México, inspeccionando casas, patrullando las calles y supervisando puntos de control. En el campo, erradican las plantaciones de marihuana y heroína. No ha sido fácil. El 7 de mayo, cinco meses después de la embestida del gobierno contra los carteles de la droga, un enfrentamiento fatal entre militares y supuestos narcotraficantes que incluyó el uso de AK-47 “cuernos de chivo” y granadas estalló afuera de una escuela primaria en Apatzingán. La eficacia a largo plazo de esta campaña sigue siendo una incógnita, aunque desde junio se ha verificado un período de calma en medio de tanta violencia. La mayoría de los analistas de seguridad atribuyen la calma a un alto el fuego entre los carteles de la droga, que se habría establecido entre los líderes de los carteles del Golfo y de Sinaloa. Es una tregua que podría terminar en cualquier momento. A pesar de todo, los ataques directos contra periodistas, particularmente aquellos que trabajan para pequeñas organizaciones de noticias, casi pasan desapercibidos en Michoacán. Un ejemplo es la escasa cobertura brindada a la muerte de Jaime Arturo Olvera Bravo, quien fue baleado a quemarropa el 9 de marzo del 2006, mientras esperaba con su hijo de cinco años en la parada del autobús en la ciudad La Piedad de Michoacán. El periodista freelance de 39 años, ex empleado del diario La Voz de Michoacán, había informado con regularidad sobre la corrupción de la policía local. El Procurador del Estado indicó a los periodistas locales que la investigación del asesinato no encontró ningún vínculo entre el trabajo de Olvera y su muerte. Después de la cobertura inicial del caso, la muerte de Olvera recibió muy poco seguimiento en la prensa. En gran parte, ese tipo de noticia desaparece del radar de la prensa nacional. A nivel local, a los colegas de Olvera les preocupa que el trabajo informativo agresivo sobre éstos crímenes generen ataques similares. El seguimiento que se le brinda a las investigaciones de la policía es apático. “Ninguno de estos crímenes se resuelve”, señala un veterano periodista en Michoacán que conocía a Olvera y habló desde el anonimato, porque él mismo ha recibido varias amenazas por su labor informativa cubriendo la fuente policial. “¿Cómo puede haber una verdadera investigación si existen tantos intereses especiales entre la policía y los criminales? Se percibe con fuerza que los que están en el poder preferirían que los periodistas que hacen bien su trabajo desaparezcan”. También hay poco seguimiento en el caso de José Antonio García Apac, editor de Ecos de La Cuenca en Tepalcatepec, un periódico local. En la tarde del 20 de noviembre del 2006, García paró su vehículo para hacer un llamado a su familia cuando iba de regreso para su hogar en Morelia, la capital del estado. Mientras que hablaba por teléfono con su hijo, García escuchó a varios hombres pidiendo que se identificara. Le ordenaron que cortara la comunicación. Antes de cortarse la línea, se escucharon los gritos de García mientras era arrastrado. Nadie ha visto al periodista, de 55 años y padre de seis hijos, desde entonces. La esposa de García, Rosa Isela Caballero, ha reclamado una investigación rigurosa sobre la desaparición de su marido, pero las autoridades dicen que no tienen ninguna pista. Pesimista y con poca esperanza que el caso se resuelva, Caballero planea solicitar que a su marido se lo declare legalmente muerto.
A pesar de la ausencia de García, Ecos de la Cuenca en Tepalcatepec sigue circulando, aunque ahora es bimensual en lugar de semanal. “No hemos perdido el ritmo de trabajo”, asegura Caballero, 49, quien ahora supervisa el periódico. En la parte superior del costado derecho de cada edición, hay una foto de García tamaño pasaporte, con un epígrafe exigiendo que su caso se resuelva. Caballero señala que a sus hijos les preocupan que su perfil creciente de activista ponga su vida en peligro. “Me doy cuenta de ello”, admite. “Pero mi marido empezó con el diario y lo mantuvo durante tantos años. El querría que yo continuara”. Mientras tanto, noticias sobre amenazas contra la prensa regional recorren Michoacán. “Nuestros colegas que informan en las zonas más alejadas del estado son quienes más nos preocupan”, afirma Sergio Cortés Eslava, un periodista de 43 años quien trabaja en Quadratín, una agencia de noticias local radicada en Morelia. Él lo sabe bien. En la tarde del 14 de noviembre del 2006, hombres armados obligaron a Cortés y al fotoperiodista Alberto Torres a abandonar su carro mientras salían del remoto pueblo de montaña Aguililla, en un área conocida como tierra caliente. Los periodistas acababan de cubrir la muerte de seis oficiales de policía en una supuesta emboscada cerca de allí. Cortés y Torres fueron trasladados a un carro negro, con ventanas polarizadas, y conducidos por un camino de tierra. Fueron interrogados sobre su trabajo durante casi una hora y después liberados. “Nos dijeron que nos dejarían ir por ahora”, indica Cortés, “pero que tuviéramos cuidado con lo que escribíamos. Nos dijeron que el área no era segura”. Denunció el incidente al representante de derechos humanos del estado. Le ofrecieron protección policial, pero Cortés la rechazó. “La desconfianza hacia la policía es muy fuerte”, señala Cortés.
En febrero del 2006, en base a una propuesta efectuada por el CPJ, el gobierno de Fox designó un procurador especial para crímenes contra la prensa. Pero la procuraduría carece de jurisdicción para realizar investigaciones exhaustivas y puede intervenir en casos de homicidio sólo si las autoridades estatales lo requieren. Los crímenes relacionados con el narcotráfico están fuera de su órbita, porque caen bajo la jurisdicción de la división del crimen organizado del Procurador General de la República. El presidente Calderón considera que los peligros que enfrentan los periodistas son “inaceptables”, pero no se han registrado cambios en la legislación para darle más poder investigativo a la oficina del procurador especial de delitos contra la prensa. Rafael Gomar, reportero político de Z de Zamora desde hace 16 años, está de acuerdo. “Si se pega a su ética y rechaza el chayote, apenas puede vivir del periodismo en la zona rural de México”, declara Gomar, que tiene un lavadero para complementar los 1.300 pesos (120 dólares estadounidenses) que recibe como semanal en el diario. El chayote es el nombre que se le da en México a los pagos que los periodistas reciben de los políticos, la policía y las organizaciones del crimen organizado para actuar como caja de resonancia o silenciar ciertas noticias. “La mayoría de las veces”, admite Gomar, “se paga para no informar”. Los reporteros en Michoacán sostienen que el chayote divide a la prensa. “Antes, teníamos grupos y asociaciones de periodistas en Michoacán”, destaca un periodista de Morelia que habló desde el anonimato para evitar crear tensión entre sus compañeros. “Pero empezaron a romperse cuando diferentes grupos comenzaron a comprar ciertos reporteros. Se sabe quiénes son cuando se los ve caminar con billetes de cien dólares en sus billeteras y con carros nuevos”. La policía también tiene aliados poco confiables. Uno de los secretos conocidos en México es que el crimen organizado corrompe a la policía. En muchos casos, las alianzas entre los dos grupos incluyen a oficiales de policía muy mal pagos (cuyo sueldo mensual promedio es 4.200 pesos o 375 dólares estadounidenses) que aceptan sobornos a cambio alertar a los carteles sobre controles en las carreteras o para facilitar el paso del contrabando. “La corrupción ocurre cuando se trata con algunos de los grupos criminales más ricos del mundo”, señala un investigador del estado de Michoacán que habló desde el anonimato por razones de seguridad. “No hay operación del gobierno que pueda revertir esta realidad”. De hecho, no se trata que el periodista tenga el coraje de investigar a fondo. “La autocensura se considera hoy una forma legítima de protección”, según Leonarda Reyes del Centro de Periodismo y Ética Pública (CEPET), que promueve el periodismo independiente, la transparencia, e iniciativas para combatir la corrupción. Reyes no cree que la situación vaya a cambiar en el futuro cercano. “Mientras siga existiendo una fuerte demanda de drogas en Estados Unidos, estos grupos criminales continuarán en posiciones de poder”, sostiene Reyes (no tiene relación con el periodista). De hecho, los carteles mexicanos son considerados los principales distribuidores de cocaína en el mundo, según el informe del Departamento de Estado norteamericano sobre la Estrategia Internacional de Control de Narcóticos (INCSR), publicado en marzo 2007. México es también el proveedor más grande de marihuana a Estados Unidos, así como el mayor proveedor de metamfetamina. Pero esos tiempos ya pasaron. Este ambiente nocivo ha convencido a algunos reporteros de abandonar la profesión. Los periodistas en Michoacán estiman que cerca de un cuarto de sus colegas han dejado el periodismo en los últimos tres años. Y como en otras partes de México, algunos reporteros se han trasladado a otro estado o han abandonado el país. Los periodistas que permanecen en Michoacán no ven ninguna razón para tomar riesgos. “Tenemos nuestras raíces acá”, afirma Prado, el reportero en Apatzingán. “No nos lanzamos en paracaídas, publicamos y nos vamos. Vivimos aquí con nuestras familias, y la única manera de tener una vida normal es protegerse no escribiendo sobre ciertas cosas. Aquellos que eligieron denunciar están llenando el cementerio”. |
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