El tema que investigaban dos periodistas colombianos fue tan explosivo como para exigir un dispositivo inusual de seguridad. Temerosos de que las personas involucradas se enteraran de modo prematuro sobre la investigación, los periodistas hicieron sus apuntes por separado, no los compartieron y luego los eliminaron. No se comunicaron ni por teléfono, ni por correo electrónico, y sólo se reunieron en lugares públicos. Sólo les transmitieron a sus propias fuentes la información estrictamente esencial.
ATAQUES A LA
PRENSA EN EL 2009
• Prólogo
• Introducción
Análisis Regional:
• En las Américas,
Gran Hermano observa
a los reporteros
Informes por país
• Argentina
• Brasil
• Colombia
• Cuba
• Ecuador
• Honduras
• México
• Nicaragua
• Estados Unidos
• Venezuela
• En un Vistazo
No fue suficiente. Antes
de que Canal Uno de televisión y la revista de actualidad Semana publicaran en conjunto la
investigación sobre acusaciones en contra de los dos hijos del Presidente
colombiano Álvaro Uribe Vélez por tráfico de influencias, el gobierno se enteró
de todo. Un vocero del gobierno relató a Canal Uno que conocía la
investigación.
Daniel Coronell, director
de noticias de Canal Uno y columnista de Semana
que encabezó la investigación junto al periodista Ignacio Gómez, está convencido
de que su equipo había sido víctima de espionaje gubernamental. Es posible,
según admitió el periodista, que el rumor se hubiese filtrado al gobierno a
través de otros canales.
Si la información fue filtrada
por otros medios, eso es lo que menos importa.
Cuando surgió la noticia
en febrero de que agentes de inteligencia nacional habían sometido a
periodistas, políticos, jueces y defensores de derechos humanos a escuchas
telefónicas ilegales, interceptación de correos electrónicos y vigilancia durante
gran parte de la década, se generó la bien fundada percepción de que el
gobierno colombiano observaba constantemente a la prensa y a sectores críticos.
El espionaje ilegal
llevado a cabo por la agencia nacional de inteligencia –que funciona bajo la supervisión
directa de Uribe– fue uno de los dos escándalos que se destaparon en la región
en 2009, ambos apuntando contra periodistas y provocando un significativo
efecto intimidatorio para la libertad de prensa. En Argentina, una
investigación federal examinó si agentes de inteligencia nacional habían
intervenido teléfonos e interceptado correos electrónicos de periodistas
críticos, políticos, jueces y artistas como parte de una campaña orientada a
desacreditar e impedir su labor.
Como consecuencia, según
afirmaron al CPJ periodistas de ambos países, las fuentes se han vuelto más
renuentes a hablar con la prensa. Coronell llama a este espionaje “la mayor
amenaza contra de la libertad de prensa en Colombia” en la actualidad porque
pone en peligro las fuentes confidenciales. Los periodistas que investigan
casos de corrupción cuidan sus espaldas y adoptan medidas extraordinarias para prevenir
que las conversaciones privadas no sean interceptadas o sus correos
electrónicos “hackeados”. Su labor se ha visto perjudicada y sus tensas
relaciones con funcionarios del gobierno se han vuelto aún más conflictivas.
El espionaje tiene una
historia desafortunada en la región. Uno de los casos más extremos sucedió en
Perú a principios de los noventa, cuando el servicio de inteligencia del
gobierno del Presidente Alberto Fujimori se vio involucrado en complots para
asesinar, amenazar de muerte, intervenir teléfonos en forma clandestina,
vigilar y adoptar tácticas difamatorias para intimidar a la prensa.
En los últimos años, el
espionaje gubernamental contra periodistas fue denunciado en países
latinoamericanos tales como Venezuela y Bolivia. En Cuba, el espionaje es un
procedimiento de rutina. Agentes de la seguridad del estado cubano han sometido
a periodistas y disidentes a una constante vigilancia durante décadas,
interceptando y grabando sus conversaciones telefónicas. En México, el senador
opositor Manilo Beltrones formuló acusaciones de espionaje político,
alimentando la percepción existente en la prensa de que también los medios y
los periodistas son blanco de espionaje. Estados Unidos no es inmune a dichas
prácticas. En 2008, el Buró Federal de Investigaciones (FBI, por sus siglas en
inglés) emitió una disculpa luego de que sus agentes violaran procedimientos al
obtener registros telefónicos de varios periodistas que cubrían terrorismo
islámico en el sudeste asiático. El FBI no reveló la índole de la investigación
que llevó a reunir las grabaciones en 2004.
En Colombia, fue Semana el medio de prensa que
expuso el plan de espionaje pergeñado por funcionarios de primer nivel del
Departamento Administrativo de Seguridad (DAS). Coronell encabezaba la lista de
reporteros que fueron monitoreados por el DAS, pero el listado se podía leer
como la lista del quién es quién en el periodismo colombiano: el director de Semana, Alejandro Santos; el
director de la emisora nacional W Radio, Julio Sánchez Cristo; el director de
Radio Caracol, Darío Arizmendi; un columnista del matutino El Espectador, Ramiro Bejarano; el periodista y productor del
programa semanal de noticias “Contravía” en Canal Uno, Hollman Morris; y Félix
de Bedout de W Radio, entre otros.
La Fiscalía General inició
una investigación que concluyó con los arrestos de varios funcionarios de
inteligencia de alto rango, incluyendo el ex Subdirector del DAS José Miguel
Narváez, en agosto y septiembre. Otros cuatro directores del DAS estaban siendo
investigados hacia fin de año. Uribe negó su participación, responsabilizó a
funcionarios encubiertos del DAS que actuaban como una “mafia” y anunció que su
gobierno implementaría reformas.
Las escuchas telefónicas
-que son ilegales en Colombia sin una orden judicial- comenzaron a principios
de 2003 y continuaron hacia mitad de 2009, aún después de que se publicaran los
primeros artículos en la prensa. Durante ese período, funcionarios del DAS
monitorearon y registraron miles de mensajes de correo electrónico y
conversaciones telefónicas, y siguieron a opositores, jueces y periodistas.
Grupos internacionales de derechos humanos y diplomáticos también fueron
víctimas de dicho espionaje, según informes de prensa. Semana, por ejemplo, obtuvo una grabación de una llamada de
teléfono interceptada entre un diplomático estadounidense y un juez de la Corte
Suprema de Colombia que investigaba los vínculos entre partidarios de Uribe y
grupos paramilitares de derecha. El matutino El Nuevo Herald de Miami informó en junio que las conversaciones
telefónicas y los mensajes de correo electrónico entre personal del CPJ y
periodistas colombianos también habían sido interceptados. En una declaración,
el CPJ exigió al gobierno que pusiera fin de inmediato al espionaje y señaló el
grave daño que esto causaba a la libertad de expresión.
El periodista Morris,
conocido por su cobertura en profundidad del conflicto armado de cinco décadas
en Colombia, cree que los espías habían apuntado a sus fuentes confidenciales
para neutralizarlas y desacreditar su labor informativa. Un duro crítico del
gobierno, Morris había sido ridiculizado por Uribe y otros funcionarios de alto
rango como un aliado de la guerrilla de izquierda. Morris calificó a estas
acusaciones como “una luz verde para que el DAS” monitoree sus conversaciones y
su correspondencia. Luego de ser blanco de amenazas de muerte en 2005, Morris
ha estado bajo protección del DAS. “Es irónico: la misma gente encargada de
protegerme es la que supuestamente me está espiando”, comentó. “Es como dormir
con el enemigo,” concluyó.
Morris ha demandado al gobierno
por el espionaje. Señaló que los documentos aportados como parte de su demanda
muestran que los mensajes de correo electrónico que le enviara el CPJ y el
relator especial para la libertad de expresión de la Organización de los Estados
Americanos, entre otros, habían sido interceptados por el DAS.
La vigilancia de
periodistas no comenzó con el gobierno de Uribe. En 1996, durante el mandato
del Presidente Ernesto Samper, hubo informes que adujeron que el servicio de
inteligencia estaba espiando a los periodistas. Pero el espionaje era
esporádico, comentó Coronell, en comparación con la forma sistemática y
persistente en que este tipo de accionar se ha llevado a cabo durante esta
década. El gobierno de Uribe, de acuerdo a la opinión de Coronell, ha buscado
de forma deliberada confundir a los críticos con los enemigos. “Esto es
claramente un abuso de poder”, afirmó.
En Argentina, una
investigación federal que continuaba hacia fines de año, indagaba si
funcionarios de alto rango habían ordenado o aprobado de manera tácita la
interceptación de llamados telefónicos y mensajes de correo electrónico de
opositores políticos, según informes de prensa y entrevistas del CPJ. La
investigación de la Jueza Sandra Arroyo Salgado comenzó luego de que hackers
interceptaran las cuentas de correo electrónico de varios periodistas y
ejecutivos de medios, leyeran los intercambios privados con sus fuentes y
divulgaran los mensajes robados. Las actividades habrían ocurrido en 2006,
durante el gobierno de Néstor Kirchner, esposo de la actual presidenta,
Cristina Fernández de Kirchner.
Entre las víctimas se
hallaba Daniel Santoro, reconocido periodista de investigación del matutino más
grande del país, Clarín, cuya
entrevista off-the-record con un juez
sobre un importante caso de narcotráfico fue robada y entregada al abogado de
uno de los acusados. Luis Majul, conductor del programa semanal “La cornisa”,
emitido por América TV, dijo que un hacker había enviado un mensaje falso de su
cuenta de Yahoo a sus contactos llamando a hacer un boicot contra Clarín. El mensaje revelaba los nombres
de usuario y las contraseñas de correo electrónico de más de 20 periodistas
argentinos y ejecutivos de medios. Funcionarios gubernamentales han negado que
la Secretaría de Inteligencia (SI) estuviera involucrada. Hacia fines año no se
habían registrado detenciones.
“Nunca se habían usado
técnicas tan repugnantes de modo tan sistemático y eficiente por parte del
servicio de inteligencia para intimidar y desacreditar a políticos opositores y
periodistas independientes,” escribió el columnista Alfredo Leuco en octubre
para Perfil, un periódico conocido
por su posición crítica del gobierno que se publica los fines de semana. “Nunca
ha habido tantas quejas sobre serias violaciones a la privacidad de nuestros
colegas”, comentó Leuco, quien cree que el gobierno intenta socavar la labor
informativa independiente.
Opositores políticos como
el ex Presidente Eduardo Duhalde y anteriores aliados como el ex Jefe de
Gabinete Alberto Fernández han afirmado públicamente que han sido blanco de
espionaje. Mariano Obarrio, periodista político del matutino La Nación de Buenos Aires que ha informado
ampliamente sobre el tema, indicó que un equipo de agentes de inteligencia
había comenzado a vigilar a opositores políticos, empresarios, periodistas e
inclusive a algunos funcionarios del gobierno ya en 2003. Según Obarrio, este
equipo trabajaba bajo órdenes directas de funcionarios de alto rango de la SI e
interceptaba líneas telefónicas y mensajes de correo electrónico sin órdenes
judiciales. Esto constituye una violación a la ley de inteligencia promulgada
en 2001. Las actividades de la agencia de inteligencia están bajo la
supervisión directa del presidente.
Obarrio fue también blanco
de dicho accionar en 2006. Atacantes no identificados irrumpieron en su casa,
amenazaron a su familia y le indicaron que lo estaban siguiendo. Luego de que
su periódico contratara a un abogado y a un investigador para indagar sobre el
ataque, Obarrio descubrió que habían interceptado su línea telefónica. Estos
desafortunados acontecimientos se registraron poco después de que Obarrio enviara una serie de preguntas relacionadas
con actividades de espionaje al subdirector de la SI. Obarrio presentó una
denuncia judicial por el ataque y el espionaje, pero la investigación no dio
ningún resultado. Aunque el periodista siguió cubriendo de manera crítica las
políticas del gobierno, decidió abandonar su cobertura sobre el espionaje. “[Al
espionaje] lo entendí como un mensaje que impedía mi trabajo. Sentí la presión
y decidí que era mejor para mí y para mi familia olvidarme del tema,” afirmó.
Las autoridades
venezolanas hacen pocos esfuerzos por ocultar su espionaje en contra de
periodistas. A menudo, las conversaciones que involucran a opositores políticos
del Presidente Hugo Chávez Frías y a sectores críticos del gobierno son
monitoreadas y registradas por el servicio secreto, según la investigación del
CPJ e informes de prensa. Los medios estatales han reproducido fragmentos de
esas conversaciones con el fin de dañar las reputaciones de los críticos del gobierno.
Alberto Federico Ravell, director general de Globovisión, una emisora de
televisión conocida por su fuerte opinión opositora, escuchó su conversación
telefónica de octubre del 2008 con Teodoro Petkoff, director del semanario Tal Cual, transmitida por el canal estatal
Venezolana de Televisión. Ravell presentó una demanda judicial, pero no generó
resultado alguno.
En Bolivia, el Senado
abrió una investigación en torno al caso de Juan José Espada, periodista del
canal crítico de televisión Unitel, quien se hallaba aparentemente vigilado por
agentes de inteligencia de la policía nacional. El Jefe de Policía, General
Miguel Vásquez, expresó que la vigilancia se había producido sin su
conocimiento. Según explicó Espada, el comité del Senado creado para estudiar
el caso recomendó que fuese investigado en mayor profundidad por la Fiscalía
General, pero no se designó a fiscal alguno para tal efecto.
En Perú, Fujimori sentó un
antecedente tristemente célebre para América Latina. Al emplear una red de
espías bien aceitada y masiva, Fujimori consolidó su manejo del poder luego de
asumir en 1990. Durante su mandato, los periodistas independientes se vieron
sometidos a un intenso escrutinio. Sus teléfonos fueron interceptados y sus
movimientos observados. Los reporteros fueron detenidos e interrogados por
falsas acusaciones de terrorismo y por temas impositivos; algunos incluso
fueron secuestrados y amenazados por miembros del oscuro Servicio Nacional de
Inteligencia de Perú. El gobierno de Fujimori brindó información reunida por su
red de espionaje a tabloides amigos del gobierno y beneficiarios de la
publicidad oficial. Éstos, a su vez, lanzaron campañas de difamación contra los
principales críticos en los medios, algunos de los cuales se vieron obligados a
exiliarse debido a la exposición negativa.
En abril de 2009, Fujimori
fue sentenciado a 25 años de prisión tras ser condenado por crímenes de lesa
humanidad cometidos por escuadrones de la muerte. Fue condenado nuevamente en
septiembre a seis años de prisión por ordenar escuchas clandestinas de
políticos, periodistas y empresarios durante su década en el poder; por haber
sobornado a miembros del congreso; y por haber pagado a un canal de televisión
y a la dirección de noticias de un periódico para que respaldaran su campaña de
reelección en 2000.
“El espionaje durante la
era Fujimori fue muy bien estudiado. Era sistemático, sumamente organizado y centralizado,” explicó Ricardo Uceda,
director ejecutivo del Instituto Prensa y Sociedad y prominente periodista peruano
de investigación. “Fujimori necesitaba un sistema así para ejercer su poder”,
continuó Uceda, “conocía bien los asuntos y defectos de los periodistas y sabía
perfectamente cómo neutralizar a los medios”.
Si bien tanto la campaña
de espionaje en Perú en los años noventa como la de Colombia durante esta
década fueron generalizadas e invasivas, el profundo desequilibrio de poderes
durante el régimen de Fujimori hizo que el espionaje fuera más pernicioso,
señaló Uceda. Para Uceda, el gobierno de Fujimori tenía un control tan fuerte
sobre el poder judicial que podía asegurarse que el espionaje gubernamental
pasara inadvertido. Eso es diferente de lo que sucede en Colombia en la
actualidad, donde el escándalo ha propiciado una investigación exhaustiva y varias
detenciones.
Sin embargo, las reformas
más importantes están lejos de ser ciertas tanto en Colombia como en Argentina.
Funcionarios argentinos parecen restarle importancia a las amenazas en contra
de la democracia del país. La ley sobre inteligencia de 2001 establece penas de
prisión de hasta cuatro años por espionaje ilegal, pero la comisión
parlamentaria encargada de supervisar las actividades de inteligencia aún debe
dar pasos sustanciales para hacer cumplir la ley y controlar el espionaje
ilegal.
En Colombia, donde el
escándalo golpeó a Uribe justo cuando coqueteaba con lanzarse a un tercer
mandato, cualquier posible reforma está aún en una etapa preliminar. En
octubre, el Congreso comenzó a analizar un proyecto de ley que intenta crear
una agencia de inteligencia más pequeña y con funciones más limitadas, según
informes de prensa. La presión externa puede tener algún efecto positivo. La
Comisión Interamericana, cuerpo autónomo de derechos humanos de la Organización
de los Estados Americanos, expresó su preocupación sobre el escándalo e instó
al gobierno colombiano a que realizara una exhaustiva revisión para impedir
violaciones a las normas internacionales de derechos humanos.
El vicepresidente
Francisco Santos Calderón reconoció en público que la situación es seria y
señaló que las instituciones de la democracia están actuando. Según la prensa
local, el director del DAS, Felipe Muñoz, indicó que la agencia recortará su
fuerza de trabajo y se enfocará en la contrainteligencia y en el control de las
fronteras. Pero, ¿quién está a cargo? Un informe de noviembre publicado por Semana afirmaba que los investigadores
que indagan sobre el espionaje ilegal han sido amenazados y perseguidos en un
intento por desbaratar la investigación.
La solución se encuentra
en el mensaje que se pueda enviar desde lo más alto del gobierno. Periodistas y
defensores de la libertad de prensa dicen que la verdadera reforma solo puede
darse si existe una fuerte voluntad política ejercida por líderes en los
niveles más altos de gobierno. Son ellos quienes deben enviar un contundente
mensaje en el sentido de que el servicio de inteligencia no puede usarse en
contra de miembros del poder judicial, de la oposición política y de la prensa
independiente como medio para preservar el poder.
Carlos
Lauría es coordinador senior del programa de las Américas del CPJ.

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